Pocas personas saben lo que es un contratenor, pero nadie ha oído hablar de un recontratenor. Comencemos por orden: Un contratenor posee una voz masculina, pero puede alcanzar notas muy altas, usando la vibración de una parte de los pliegues vocales basada en su resonancia de la cabeza y no a través de la resonancia del pecho o de su falsete. Su voz puede parecerse a la voz de un niño o a la de una mujer.
La altura de la voz de Yuen, un condiscípulo de la Licenciatura de Canto, sobrepasaba con mucho a la de cualquier contratenor. Su voz era tan aguda que siempre fue para todos el “voz de pito”. Cuando lo oían hablar o solfear, los maestros de canto creían que les estaba jugando una broma, haciendo falsete al hablar o cantar, pero el volumen, la afinación y la dinámica de su canto los convencía de que se trataba de una voz excepcional, que también podía bajar al do de la tercera octava, con un timbre aterciopelado exquisito, distinto al de los tenores y las contraltos.
Al salir del Conservatorio, Yuen se dio cuenta de que el repertorio moderno de los contratenores soprano era muy escaso o bien el escrito para los castrati del Renacimiento. De cualquier manera, no había campo para exhibir todos sus increíbles dones.
Así fue que emprendió un largo viacrucis entre los compositores nacionales y extranjeros de la época, a quienes solicitaba una obra ad oc. Nadie aceptaba: de escribirla, nadie más la cantaría, ni en el presente ni en el futuro. Finalmente, pensó en recurrir al maestro Joaquín Mondrigo, un invidente tapatío, compositor de ópera que estaba teniendo un gran éxito en Europa y Nueva York con sus extravagantes obras. Probó contactarlo a través de su página web, logrando concertar una cita para un mes más tarde.
La tarde en que Yuen acudió a la cita transcurrió en medio de una serie de raros acontecimientos. Oprimió el timbre, y abrió su portafolios para guardar sus lentes, notando con desagrado que la tapa del pequeño frasco de perfume que pensaba regalarle a Brenda, su novia, se había aflojado, derramando unas gotas en el interior. Las secó apuradamente con un pañuelo desechable, apretó la tapa, guardó los lentes y cerró el portafolios, pensando en cómo quitarse aquel olor de las manos impregnadas de perfume. De pronto se abrió la puerta y salió, nada menos que la famosa soprano Sofía Shwimer.
La saludó con una leve inclinación de cabeza, que ella no advirtió al ir comentando con su acompañante algo al parecer muy desagradable. La pareja se alejó unos pasos y Yuen alcanzó a escuchar lo que hablaban:
—El maestro es genial, pero es muy tentón. No creí que fuera a atreverse a toquetearme en tu presencia —dijo la diva.
—Bueno, no fue en mi presencia. ¿No dices que eso ocurrió cuando fui al baño? Yo sólo escuché que levantabas la voz.
—Con el pretexto de mostrarme algo en su celular, su mano tropezó con mi seno, y luego, mientras esperaba que se cargase la página que quería mostrarme, descuidadamente me puso la mano en la pierna. Me molesté muchísimo, pese a que ya sabía que el móndrego maestro Mondrigo no trabaja con cantante alguna, si ella no se presta a sus cosas —
En ese instante apareció un taxi, ellos lo abordaron y Yuen no pudo escuchar nada más. Alertado de las mañas del maestro, se dijo que siendo él un hombre no habría nada que temer. Estaba en tales cavilaciones, cuando apareció en el umbral el propio maestro llamando a la soprano, pensando que aún se encontraba ahí. Yuen le informó que acababa de partir en un taxi, y notando que el ciego se inquietaba tratando de reconocer su voz, se presentó de inmediato, aludiendo a su cita. Por su voz, el maestro debió confundirlo con una mujer, porque tras cerrar la puerta, le dijo muy cortésmente:
—Sígame por favor, señorita— cosa que Yuen hizo en la semi oscuridad de la casa, pensando que para el ciego, un perfume de mujer y una voz aguda eran media mujer. Yuen iba a aclarar cuando el maestro abrió una puerta lateral, franqueándole el paso, al tiempo que accionaba el interruptor de la luz. Aquel era su estudio.
El muro de la izquierda aparecía cubierto de carpetas con rótulos en braille, pilas de CDes, partituras, además de un estéreo. Al centro de la sala, frente a un piano de media cola, había un par de amplios sofás. El maestro lo invitó a tomar asiento, teniendo buen cuidado de fijarse en cuál se sentaba, para luego sentarse él en el otro extremo del mismo. Yuen le explicó el motivo de su visita, y tras pensarlo unos momentos, el maestro se incorporó, se sentó al piano, invitándolo a acercarse, pidiéndole que fuese repitiendo las notas que le tocaba. La claridad, la potencia, el raro timbre y el amplísimo registro de la voz de “la señorita Yuen” sorprendieron inmediatamente al maestro, quien estiró el brazo fingiendo acomodarse el saco, pero intentando tocar a Yuen. El ya estaba pendiente y se apartó a tiempo de la mano, que ni siquiera lo rozó; a estas alturas, ya estaba convencido de que debía continuar la confusión.
Al hablar de los posibles temas y personajes que pudieran interesar a Yuen y pese a que en realidad no le conocía, el maestro le refirió:
—Llevo algún tiempo planeando escribir una ópera cuyo argumento es la historia de un hada promiscua de nombre Lili, que quiere otorgarle sus propios dones de seducción a una ahijada esenia, en contra de los deseos de su entorno. Me parece que usted, señorita Yuen, posee la voz y el temperamento adecuados.—
A Yuen le gustó la idea, y sólo puso como condición que hubiese al menos tres arias a alturas que el propio Yuen determinaría, en relación a los movimientos y las tonalidades. El maestro Mondrigo no estaba acostumbrado a aceptar condiciones, sin embargo, le indicó que le llamaría en cuanto tuviese un avance y se despidieron. Yuen era de complexión delgada, de estatura media, y sobre todo, de extremidades finas y bien cuidadas. Al estrechar su mano para despedirse, el maestro Mondrigo imaginó un delicioso cuerpo.
Para qué decir que el ciego se había enamorado a primera oída de la supuesta cantante. No habían pasado diez días, cuando sonó el celular de Yuen; era el maestro para pedirle que fuese al estudio a la tarde siguiente, para mostrarle la obertura y la primera de tres partes de la obra.
Esta vez, la sagacidad de Yuen fue mucho más lejos. Pensando en la posibilidad de que coincidir con algún amigo del maestro que tuviese vista, debía tener apariencia de mujer. Sin más, se rasuró piernas y brazos, se vistió con el conjunto que una amiga le prestó, se maquilló y echó mano del perfume que tan bien le había funcionado la primera vez.
Su intuición acerca del testigo con vista resultó cierta: aquella tarde el maestro estaba acompañado. Después de un momento, el amigo se despidió, y a partir de ese instante fue difícil escapar a los embates táctiles. Sin embargo, entre asalto y asalto, logró apreciar lo adelantado por el compositor, imaginando las partes de la orquesta, según iba explicando el músico.
Aquella misma noche, tras despedirse del cantante, el maestro llamó a su amigo:
—¿Qué te pareció la dama?
—Sinceramente, se maquilla espantosamente y me pareció un tanto hombruna, pero si a ti te gusta… —El ciego le pidió que se la describiera, y el amigo pasó algunos momentos difíciles, tratando de suavizar su respuesta para no desencantarlo.
Por su parte, Yuen corrió al bazar de segundas del “Padre Cuéllar” al día siguiente para hacerse de un ajuar femenino inicial, elucubrando que la única manera de destacar sería como una súper soprano.
Como era de suponerse, las cosas se fueron complicando más y más en cada una de las subsecuentes entrevistas con el maestro Mondrigo; no obstante, cuando la obra estuvo lista, Yuen seguía invicto.
El estreno en la Scala de Milán fue todo un éxito. Ya en el camerino Yuen tuvo que hacer gala de sus recursos evasivos de tai-chi para evitar que el maestro lo abrazara.
—¿Porqué es usted tan esquiva, Yuen? Creo que con mi dedicación le he demostrado el inmenso amor que siento por usted. De una vez por todas le digo que mis sentimientos son puros y decentes. Quiero casarme con usted.—
Extrajo del bolsillo interior de su saco un estuche que abrió, alargándoselo a Yuen. Se trataba de un magnífico anillo de compromiso formado por dos diamantes primorosamente montados en oro blanco. Yuen sintió que la cuestión no podía ir más lejos. Le contó todo desde el principio, sin atreverse a mirar a la cara del ciego, por no ver su gesto de desilusión, por lo que no pudo advertir que, conforme iba avanzando en su relato, el semblante del ciego se iba iluminando.
—¡Pero mi querido Yuen, yo soy homosexual! Sólo quería casarme con una mujer para guardar las apariencias, pero lo que me cuenta es maravilloso, porque a mi amor y admiración por usted, ahora se suma mi deseo. Por favor acepte mi anillo en señal de compromiso. Nos casaremos aquí en Milán.—
Confundido y bastante aturdido por la revelación, Yuen comenzó a ver al maestro desde otro punto de vista. En un momento vislumbró la enorme conveniencia de liarse con el maestro de aquel modo, y hasta consideró que bien podría engañarlo con cualquiera de las emperifolladas damas que asistían a las óperas incluso -tal vez- con su anuencia.
Para todo mundo sería la “súper soprano”, pero para todos los ex compañeros del Conservatorio que lo reconocimos debajo de las pelucas y los maquillajes, dejó de ser simplemente Pito Loco, para convertirse en “El Recontratenor Pito Loco”, por clasificarlo correctamente.