Despierto en la salvación de mi haber,
de los sueños “caimanes”, Wall Street,
siempre al alza y sin IVA, obsesión del élit,
pero con la certidumbre del ayer.
Ahora hasta el café nos sabe a deuda,
día en que nos dieron las diez sin amanecer,
de noche desnudos y sin dar con la luna.
Mientras los diarios transitan la mesa,
invoco al dios de los peinados
y mi imagen me toma por sorpresa:
el espejo roto de esos condenados
a la muerte, o a la vida tan herida.
Sorpresa de la suerte tan sabida;
sorpresa la alacena tan vacía
de oquedades del sabor otro este día.
Ya salir, es retar a la fortuna,
al minibús ciego a un bastón blanco
que a oscuras atraviesa por la calle oscura
y acaba concertando un duelo urbano,
es andar por la misericordia mal nacida
de otros ciegos que deambulan a su lado,
es ir a tientas por el tiempo y por la prisa,
es tentar al sol a escupir una chispa.
Pero arribar es algo diferente,
el atracar siempre ha sido otra cosa:
estibar las angustias de repente
al socaire del vaho, de la metrópoli,
a la sombra “carnal” de los compinches;
es charlar con las ratas del puerto
aferradas al hambre como prótesis.
Es la fábrica de parias irredentos,
el taller tres horas antes del almuerzo
poblado de mañana encabritada,
y horas hombre vendidas al infierno.