Al Filo del Aire
Desde mis fondos nasales registra los aires
con un pie en mis emociones y otro en mis memorias.
Es una pieza más del magno rompecabezas
de este yo que es aún para mí desconocido;
complemento perfecto de mi tacto y mi oído,
un tercer ciego que desea aprehender la tierra
de la manera que sea, con tal de que sea,
y se alía con esos dos para intentar la historia
poniendo su saber de partículas y alquimias
al servicio de aquella intención exploratoria.
Mi olfato acecha detrás de húmedas paredes
a la caza de trocitos de auras ajenas,
que sus légamos ocultos saben atrapar.
Él jamás asalta, porque siempre es asaltado
a veces, de sutiles y enervantes maneras
por almizclados aromas de azahar femenino
de los que queda irremediablemente prendado;
arcana poesía hallada de pronto en el aire
con la que es seducido y frecuentemente engañado,
encriptada alegoría que un día descifrará.
Aunque hay tolvaneras y asfixiantes humaredas
que lapidan sus probetas y tubos de ensaye
y oleadas malolientes de trapos y pocilgas
que ofenden hasta los olfatos más aguerridos.
Y no hay que olvidar a los miasmáticos fantasmas
que vagan entre gnomos de orejas coloradas,
horas en que quisiera habitar un dromedario
que echara los cerrojos a todas las entradas.
Y sin embargo insiste en husmear cada universo,
para aprender a identificarlo desde lejos,
con el único auxilio de su arcaico atanor.
Capaz de retrotraer rosas a los pensamientos
con sólo hallar una brizna de rojo “te quiero”
perdida entre los metropolitanos efluvios,
capaz de trasmutar la fragancia de un perfume,
en la noche de amor que cierta playa no olvida,
o aspirar un abrazo al desdoblar un pañuelo.
Tiene pretensiones de adivino o de oráculo,
aunque no pueda ir más allá de sus narices.
No obstante, a veces descubre que algo huele mal
pese a no existir razones físicas en juego.
A mí me basta con que sea augur del amor
y sepa encontrar su rastro en las encrucijadas;
con que me regale la fragancia de los bosques
y la sal de las brisas marinas en fuga;
Con que sepa descubrir en dónde hay pan caliente,
viajar de ida y vuelta a Papantla o tal vez a Ceilán
con una sola inspiración preñada de esencias,
liquificando mi boca en algunas cocinas;
catar los vinos sin libar una sola gota,
gozar la invisible parte sensual de las frutas,
adorar el aliento de un viejo maderamen
o bien anticipar a qué me sabrá el café
mucho antes de que me sea servido en la mañana.