Poemario « Con Sentido » – I

De Oídas

Desde adentro observan todo sin ver
porque es un sueño la luz en su imperio.

Quimera de una mancuerna de espías
alertas en ocultas atalayas,
siameses a una sola consciencia unidos.

Parches que vibran con las hablas del cosmos
son mis oídos y sus magros tímpanos,
con martillos que jamás han clavado
ni han forjado aceros en sus yunques.

Que impasibles y sin perder los estribos
ante incongruencias, pifias y mandatos
Han procurado guardar el equilibrio.

Dejan que el sonido inocente extravíe
Los pasos en su doble laberinto.

Para identificar los ingredientes
del cambiante caldo sonoro del afuera
trocando su estímulo mecánico
en paquetes de códigos legibles
que dos jueces monolingües califican:

Uno tirano y el otro soberano;
uno arremete y el otro se la piensa
para tirar de un hilo en mi marioneta;
o permitirle sus lúdicas derivas.

Mis oídos de poeta han dado fe
de los suspiros del viento entre las frondas,
del entrechocar de los desnudos cuerpos,
de los lúbricos matices de una voz,
de las glorias del silencio y sus músicas
del rumor de los sueños bajo la almohada
del oscuro palpitar de las noches.

Y a contrapelo también de los lamentos,
escapados del fondo de las mazmorras.

De los lúgubres aullidos de los lobos
y el desvalido balar de las ovejas
del susurro de la sangre al derramarse.

De los mil estragos de los vendavales,
del claudicar tras batir las alas rotas
de los gritos de la tierra mina en curso.

Del inconcebible conjunto de estridencias
que trizan la eufonía de los sonares
y ciertos lazos sutiles alma adentro.

Estos oídos fueron siempre de ciego,
a lo largo de sendas reencarnaciones:

Los de Luis Braille oyeron tactos leyendo.
Los de uno de Tormes correr su lazarillo.
Los de Jorge oyeron arder la biblioteca.
Los de Judas las palabras del Maestro.
Los de Isaac llegar al “primogénito”.

Los de Homero oyeron cantos de sirenas.
Los de Ícaro incendiarse el firmamento.

Y un par se ufana de haber oído al Verbo
haciendo la luz y luego cada cosa
con sólo pronunciar su nombre primigenio…

¿Serían estos los oídos del Creador?

¿O qué ciego lo acompañaba en la nada?

Porque no había oído alguno más allá,
Y sé que éstos siempre habían sido de ciego…

¡¿Acaso Dios también estaba?!... ¡¿…?!

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