Yo sólo estaba obedeciendo órdenes.

Se lo repetía y se lo repetía cuando lo atraparon, cuando se lo llevaron detenido, cuando su bien amada lo veía entre los barrotes, llorosa de piedad y de incredulidad.

Se tapó la cabeza con la media cobija sucia que encontró, se volvió hacia la pared y se durmió. Sin el respeto y honor, le daba igual la condena que le esperaba. Que sus jueces deliberaran todo lo que quisieran, nada ya le causaba dolor.

Dolor: eso sí que conocía, desde las primeras zarandeadas recibidas en el barrio peligroso en el que nació. Siendo el más pequeño y debilucho, era siempre el último en comer y el primero en recibir las patadas. Lola, su madre, no hacía nada para protegerlo. No era por crueldad: las desilusiones y el hambre le habían curtido el corazón. 

­—Que se las arregle. — decía Lola—La vida es muy dura y tiene que aprender. Si no, peor para él—.

La pena que le causaba ese desapego era sólo superada por el terror que le inspiraba su padre, un coloso dos veces más grande que Lola.  Igual que hacían todos los machos de la cuadra, Bruno se desentendió de su progenitura tan pronto el embarazo se hizo manifiesto. Tan desvergonzado era que a menudo paseaba frente a ellos, alardeando de sus nuevas conquistas, seguido por todos los que admiraban su fuerza bruta.

Llegó el día en que su madre comenzó a frecuentar a otro y la atención y la comida fueron de poco a nada. Harto de todo, se largó a vivir en la calle.

Se unió a una pandilla en la que su inteligencia le valió para ir subiendo de rango, mostrando siempre obediencia y lealtad al jefe.  « El Gadget » le decían, porque sabía hacerse útil aun siendo menudito. De buenas broncas salvó a la cuadrilla por su ingenio y sus rápidos reflejos.

Una chica bien vestida se fijó en él un día que pasaba por el barrio y lo vio recostado contra la pared. Lo llamó, lo invitó a su casa, lo metió en su cama. Le ofreció una mejor vida que la que tenía en la calle, eso sí, a cambio de su obediencia.

—Tú vas a hacer lo que yo diga, tú me vas a cuidar— Esas fueron sus órdenes y él juró cumplirlas sin cuestionar.

Y es así, señoras y señores, como el perro de esta historia mordió al novio de la chica cuando éste le pegó un grito a la doncella. A pesar de las protestas del bruto mordisqueado, obtuvo no sólo el perdón, sino también un hueso de jamón, un collar que le quedaba demasiado grande y una casita en el jardín con un precioso letrero: « Cuidado con el Gadget ».

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