Desvinculación

La calle es un mar de voces sin rostro,
y ruidos de procedencia incierta,
que bien pudieran ser danzas de monstruos
para quienes deambulamos a tientas
entre la asaz ceguera de los otros
que creen mirar con sus miradas tuertas.

Oigo al pasar batallas intramuros,
un proceloso aullido de patrullas,
el trajinar urbano y sus apuros,
altavoces migrantes que farfullan
apologías a sueldo, de seguro.

Mas no escucho mi voz ni sus reflejos,
dondequiera que voy soy un extraño,
como si mi patria se hallara lejos,
como una oveja aparte del rebaño;
me siento ajeno a esto que hoy asemejo
aunque hoy sé lo que intuí hace años:

No pertenece mi alma migrante
a esta urdimbre de mil tretas y farsas
de inconfesable origen denigrante,
donde mi quehacer es simple comparsa
del desconcierto atroz y delirante
que ignora el cielo azul y el agua mansa.

De mil modos sé que no pertenece
a este enredo de oscuros intereses;
pues mi espíritu no yerra su derrota,
aunque flaquee la voluntad a veces
y las alas del deseo queden rotas.

Pues mis valores nunca han cotizado
en las bolsas de un mundo en bancarrota,
del que nunca adoptaré las divisas
pues mi moneda es morralla que flota
escapando de mis arcas vacías
con su tonada de una sola nota.

Soy cual simiente entre piedras caída,
sendero que no va a ninguna parte,
ojo que ve que no sana la herida,
paria que no tiene nada que darte,
saeta que no encuentra la poesía…
¿Qué telaraña podría reclamarme?

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