Bebió del agua celeste
la sed de la tierra llana
bajo una lluvia temprana
después de un estiaje ardiente.
Y beberá lo que reste
de este verano lluvioso
al invitar a un reposo,
que si fuera acompañado
por un amante amañado
sería tan maravilloso.
Mas llega el día en que las hojas
del árbol se desapegan
y a la tierra se reintegran.
En sus resquicios se alojan,
de sus huecos la despojan,
y el árbol sabe que un año
reducirá su tamaño
un hacha motorizada
hasta convertirlo en nada
sin importar que haga daño.
El duro cierzo norteño
aletargó mi poesía
y mi escasa fantasía,
poniendo todo su empeño
me congeló hasta los sueños.
Mas quedaron los recuerdos
que, poniéndose de acuerdo,
retrotraen la fe y la dicha
repasando cada ficha
de un cajón de archivo muerto.
E irrumpe la primavera
con insensatas lujurias
nada exentas de penurias,
pues se convierte en quimera
la pasión que desespera
por un deseo acallar
sin que el pecho pueda hallar
cómplices concupiscencias
bien provistas de licencias
en las artes del amar.
Yo no deseo riquezas
vítreas, áureas o argentinas,
ni monedas cantarinas,
sólo aspiro a la belleza
con que uno a veces tropieza
de una femenina entrega
en mitad de la refriega
por vencer la soledad
de esta mezquina ciudad
atrapada en su fe ciega.