
Mi plan de abuelo es cabal y sencillo,
Sólo darle a mi nieto uno por uno
Los tesoros de un cierto cofrecillo,
En el lugar y el momento oportunos.
Un lente para aumentar la belleza
De las pequeñas cosas cotidianas,
Un fin para saber dónde comienza
El principio del fin de las mañanas,
Una gran puerta abierta al universo,
Que nunca esté cerrada para nadie,
Un lápiz mágico que escribe en verso
Todo lo que se ha tejido en el aire,
Un espejo que dice la verdad,
Si se la piden, sin miedo al reflejo,
Un tapete extintor de gravedad,
Apropiado para viajar muy lejos,
Once cuerdas de la lira de Apolo,
Un plato en que todo sabe a delicia,
Un libro para no sentirse solo,
La sonrisa del gato de Alicia,
Un quinqué para hallar siempre el camino,
Una cascada de amor para dar,
Zapatillas de tacón peregrino
Y pieles de camaleón con bozal.
Al fondo del cofrecillo hay más dones:
Andar en la oscuridad sin tropiezos,
Oír los suspiros de los ratones,
Toquetear el humo de los inciensos,
Interpretar los discursos del viento,
Cantar los himnos que nadie ha cantado,
Dar con las cifras del conocimiento,
Concretar cada plan imaginado
Desconociendo tiempos y distancias,
Descansar cuando ello sea necesario,
Y si es preciso, olvidar reluctancias
Cuando se mete el hombro solidario.
Y sin embargo, sé que es poca cosa,
Que todo cabe en un jarrito,
Las alas de una sola mariposa
Podrían llevar mi fardo al infinito
Pues mi rosal sólo sabe dar rosas,
Transidas de indeleble levedad
Que esperan ser trasplantadas hermosas
A verdes prados de la vecindad.
Finalmente, quisiera transformarme
En complaciente juez y espectador,
Por qué mi nieto pueda recordarme
Como el abuelo más consentidor