Hipepas era una aldea costera del reino de Lidia, en la que vivía desde hacía ya varios años el tintorero Idmón de Colofón con su esposa y una hija llamada Aracne. No era rico, pese a que por las telas de lana que teñía de azul real o del famoso púrpura de Veritos -colores únicos que no se desteñían fácilmente- se pagaba su peso en oro.
El lucrativo negocio pertenecía a los mercaderes fenicios que comerciaban con ellas a lo largo y ancho del Mesogeios Thalassa, vendiendo tales piezas a los ciudadanos nobles de las polis griegas. Los brillantes colores hacían manifiesta su riqueza, ya que esa ropa teñida era notablemente más cara que aquella elaborada con telas de tono liso.
Al tiempo que hilaba lana, como hacían todas las mujeres de la aldea, la madre de Aracne describía una y otra vez a su hija los fundamentos del oficio para que los fuese fijando en su memoria.
—Una puede hacer hilos con la lana de oveja común y corriente, o con la de las cabras mohair, que vienen de unas tierras al noreste.
—¿Esas tan brillantes que tienes apartadas? —preguntó la niña que ya contaba con nueve años de edad.
—Si, esas fibras pueden ser de color claro, marrón o negro. También usamos fibras que vienen de las plantas, como el lino que traen de más allá del mar; o bien, de Esparto, aunque éste sea muy tosco. Todas estas fibras, sin excepción, requieren varios procesos sucesivos para obtener un material limpio y uniforme, capaz de hilarse. Casi siempre son fibras cortas, de poca longitud, que afortunadamente tienen una superficie rugosa o retorcida que facilita su unión con otras fibras parecidas. La lana de la oveja se hila fácilmente, gracias a que está rizada naturalmente, pero también puede hilarse el pelo de otros animales, como te dije.
Hay varias formas de hilar. Simplemente retorciendo las fibras con la mano desnuda, como se hacía en antes, para fabricar cuerdas a partir de tallos de hierbas secas.
Aquí acostumbramos hilar con el huso y la rueca para hacerlo con mayor exactitud y rapidez. Mira este palillo con el pequeño disco en el extremo, al que llamamos tortera, que casi siempre es de madera, de arcilla o de piedra. El extremo de la fibra se ata al huso, de este modo, y se va torciendo a medida que gira la tortera. Luego vamos añadiendo más fibras a la hilaza, tomándolas del bodoque que sujetamos con la mano o tenemos enrollado en este palo que se llama rueca. Aun así, a menudo hay que detenerse y enrollar la hebra producida en el huso. Las hilanderas hemos fabricado hilos de este modo toda la vida.
—Déjame intentarlo, mamá. De verdad voy a hacerlo con mucho cuidado.
Y como su madre ya estaba un tanto cansada, accedió, vigilando los movimientos de la niña, admirándose al ver que se desenvolvía fluidamente, como si hubiese hilado toda su corta vida. Aracne, por su parte, le pidió que en tanto, le contara otra de las historias de diosas y dioses con que solían pasar las horas de la tarde, y a veces las primeras de la noche.
—Mamá, cuéntame la historia de Perséfone.
Su madre sonrió comprendiendo a la niña, y mientras esta continuaba hilando, relató:
—Sólo debo advertirte que no debes pronunciar en voz alta el nombre de La Doncella, porque es la terrible reina de los Inframundos de Hades. —La niña asintió en silencio, sobrecogida.
—Ella es hija de Zeus y Deméter, la diosa de la agricultura, alimento puro de la tierra verde y joven, protectora del matrimonio y de la ley sagrada. Como ella era una diosa de la naturaleza anterior al tiempo en que los hombres comenzaron a plantar semillas y cultivar planta alguna, prefería permanecer muy lejos de los otros dioses, por lo que no tenía una posición estable en el Olimpo. Pese a ello, fue cortejada por Hermes, Ares, Apolo y Hefesto pero Deméter rechazó todos sus regalos y alejó a su hija de la compañía de los dioses, sabedora de sus añagazas.
Llevó una vida pacífica hasta que un día en que su hija estaba recogiendo flores en un campo de Enna, en compañía de algunas Oceánidas, más Atenea, Artemisa y Leucippe. De repente apareció Hades, dios de los muertos y rey del inframundo, emergiendo de una grieta en la tierra y en un abrir y cerrar de ojos, raptó a La Doncella, llevándosela a su reino. Las diosas se disculparon apenadas, y las ninfas fueron castigadas por no haber intervenido, siendo transformadas en Sirenas.
Deméter comenzó la desesperada búsqueda. Hécate, diosa de la noche y la magia, conmovida ante sus gritos de dolor le prestó sus antorchas. La vida quedó suspendida, mientras la desolada Deméter buscaba por todas partes a su hija perdida y en la profundidad de su desesperación ordenó a la tierra no hace crecer nada.
Helios, el sol que todo lo ve, finalmente le dijo a Deméter lo que había sucedido. Al enterarse de la verdad, la diosa acudió a Zeus, rogándole su intervención, y éste, deseando complacerla y no soportando además la agonía de la tierra y de los hombres, le respondió que obligaría a Hades a devolver a Perséfone, enviando a Hermes para rescatarla. La única condición que Zeus interpuso para liberar a La Doncella, fue que esta no probase bocado en todo el trayecto de vuelta. En un momento en que Hermes se distrajo, astutamente Hades le prometió que él sería un gran esposo y que ella sería la reina y soberana del Inframundo. La Doncella se fascinó por tal promesa, y accedió a comer algunas semillas de granada, las cuales, sin saberlo, la obligarían a volver a los dominios de Hades cada año, un mes por cada grano que comiese. Y así se generaron las estaciones, porque cuando Deméter y su hija están juntas, la tierra florece de vegetación. Durante cuatro meses al año, cuando La Doncella vuelve al reino de Hades, la tierra se convierte de nuevo en un páramo. Afortunadamente sólo fueron cuatro granos de granada…
—Papá dice que fue la propia Hécate quien rescató a La Doncella —intervino la niña.
—Bueno, si él lo dice… Y para terminar, debo decirte que como La Doncella se enamoró cada vez mas de su marido, se convirtió en una reina cruel, digna de su esposo; por eso no es bueno pronunciar su nombre en voz alta. Oye, se nos fue el tiempo volando, ya es hora de que te vayas a la descansar.
—Sí mamá —respondió la pequeña, abandonando el huso y la rueca, y se fue a comer algo antes de irse a dormir.
Al día siguiente por la tarde, Aracne entró corriendo muy molesta al taller donde su padre se hallaba trabajando.
—¡Papá, papá! Evilmerodac….
—¿Quién? —contestó su padre suspendiendo su labor.
—¡Ese, el que dice que su familia llegó desde el país de los dos ríos! —Aracne retomó aliento.
—Ese muchacho dijo que cuando los lidios y los griegos éramos todavía como salvajes, en su país ya había una gran civilización. Que la tal historia de Deméter es la de su diosa Inanna, y yo lo abofeteé.
—Hiciste mal, hija. Tienes que pedirle disculpas, porque en lo referente a la civilización de su país puede que tenga razón, y respecto al otro tema, ninguno de ustedes dos entiende que cada cual vive al amparo de sus propios dioses, y que quizá todos ellos se parezcan de algún modo.
—No le voy a pedir perdón, porque bien sé que nosotros somos los mejores en todo ‑respondió la chiquilla, e Idmón sólo meneó la cabeza, sabiéndose incapaz de refrenar la altivez de su hija.
Aracne creció entre los hijos de marinos y pescadores de la aldea, niños y niñas de su edad, procurando asumir los roles de mayor importancia en sus juegos y ufanándose de sobresalir en todo lo que le era posible.
Un día al anochecer llegó un marino amigo de Idmón con un nuevo cargamento de aquellos moluscos con que su padre preparaba sus tintes. El marino se hacía acompañar por su hijo, un chiquillo más o menos de la edad de Aracne. Como el niño parecía saber mucho sobre el tema y no queriendo parecer menos lista, Aracne prestó mucha atención a las explicaciones de cómo los preparaban.
Lo primero que hizo, después de ayudar a su madre a acarrear cubos con agua de mar para llenar las tinajas donde habían vaciado los sacos de moluscos, fue preguntarle al hijo del marino cómo era que su padre conseguía aquella enorme cantidad de moluscos, a lo que el chico le contestó comedidamente:
—No sé si ya te fijaste que son de dos tipos distintos.
Ella meneó negativamente la cabeza, observando dos de las tinajas que los contenían, y el chico prosiguió:
—Como los dos tipos de caracol gustan de la carne, lo mejor para capturar muchos es sumergir cestos de malla con conchas y trozos de pescado como cebo. Una vez que los tenemos dentro de los cestos, escogemos los de los dos tipos que queremos, y mantenemos los caracoles con vida en grandes tinajas o en estanques artificiales llenos de agua de mar, hasta que se consiga una cantidad suficientemente grande como esta.
Ella volvió a mirar ambas tinajas y cuando el marino y su hijo se despidieron, le rogó a su padre que le enseñara a hacer los tintes. Por la mañana sus padres comenzaron a extraer las glándulas mucosas de los moluscos.
—Estas bolsitas contienen los componentes necesarios para producir el tinte. —le dijo su padre, mientras trabajaba, y le explicó —Normalmente, a los ejemplares grandes les extraemos estas glándulas con este utensilio especial de hierro, aunque otros tintoreros los usan de bronce, mientras que en el caso de los especímenes más pequeños, simplemente los machacamos completos, hasta convertirlos en esa pulpa pastosa que está haciendo tu madre.
Aracne se asomó a ver la labor de su progenitora y volvió con su padre.
—Déjame ayudarte a quitarles las bolsitas a esos, papá.
Idmón le prestó la herramienta un tanto dubitativo, y se sorprendió al ver la habilidad de su hija para realizar la tarea con gran rapidez y eficacia, por lo que fue a buscar otro de tales artilugios que tenía de reserva para realizar la tarea juntos.
Cuando terminaron de extraer las glándulas, Idmón las colocó en unas grandes tinajas de estaño con agua de mar, que tenía en un solar tras la casa, diciendo:
—Las vamos a dejar al sol durante diez días. Durante ese lapso, el tinte va a rezumar poco a poco, y ya verás cómo se va convirtiendo en un líquido incoloro que, cuando lo filtremos para quitarle los residuos sólidos y lo expongamos de nuevo al aire y al sol, va a producir el colorante púrpura.
—Y mientras tanto, vamos a tener ese olor apestosísimo todos los días ¿verdad? —replicó Aracne con ironía, agregando —La última vez, estuve a punto de abofetear de nuevo a mi amigo Evilmerodac, porque cuando uno de los muchachos dijo que yo era la más bonita de la aldea, él dijo enfrente de todos que más bien era la más apestosa.
—Lamento que ese chico te ofenda de ese modo ante los demás, a sabiendas de que este es un oficio honesto, pese a que sea tan molesto para los demás. Por esa razón vivimos en la orilla de la aldea, y a sotavento de las casas, para que los olores de nuestras instalaciones y de los montones de conchas podridas los molesten lo menos posible.
Con el tiempo, Aracne fue interesándose más y más en los oficios de la aldea, tratando de imaginar a qué querría dedicarse cuando fuese adulta; sin embargo, debido al oficio de sus padres, Aracne buscaba de un modo natural el contacto con las hilanderas y las tejedoras de la región, con quienes gustaba conversar, pues frecuentemente le confiaban sus secretos al notar el gran interés de la adolescente por sus labores.
—¿Qué es eso? —preguntó a una mujer que hilaba algo distinto a la lana y al lino que ella conocía.
—Es el penacho piloso con el que una ostra muy grande a la que llaman nacra, se agarra a las rocas. Toma la forma de un mechón amarillento de hilos muy finos, que el bicho segrega por una glándula, y como cada uno mide poco menos de una cuarta, es posible hilarlos de esta manera. Los pescadores creen que tiene propiedades curativas, así que lo usan como medicamento. Ahora bien, debidamente hilados y asoleados, como estos, adoptan este intenso tono dorado. Estas fibras tienen la cualidad especial de permitir elaborar un tejido al que llamamos simplemente biso, que por la escasez de materia prima resulta muy caro y suntuoso. Imagínate que la gente lo conoce como seda de mar, porque sus hilos son aún más finos que los de la seda misma, con lo que resulta que las prendas hechas con tales tejidos son más ligeras y, curiosamente, muy cálidas. Y como el biso resulta tan extraño a ojos de la gente, se le confieren los atributos más inauditos, lo cual encarece aún más el producto. Y a pesar de que es un buen negocio para todos los que lo trabajamos, la materia prima tiene la desgracia de ser muy escasa, como te dije.
Aracne permanecía muy atenta sin siquiera parpadear, guardando en su memoria cada detalle.
—¿Tú trabajas también la otra seda?
— No, ni siquiera la conozco. Por aquí no hay gusanos de los que dicen que producen los hilos con que se fabrica. Mi abuela me contó que un mercader de Oriente le mostró en cierta ocasión a la esposa del dueño de la casa en que ella servía en Foséa una pieza de seda como cosa rara, y que la mujer se admiraba grandemente de la tersura y liviandad de la pieza, aunque no tanto como del exorbitante precio que el mercader pedía por ella.
— Y a propósito de cosas de mar, ¿tú conoces alguna historia que hable de los dioses marinos?
La mujer se quedó pensando, y un momento después asintió con un leve movimiento de cabeza, preguntando a su vez:
—¿Por qué?
—Cuéntamela, por favor; me encantan esas historias de los dioses.
La mujer inspiró profundamente y mientras continuaba hilando, comenzó :
—En el Inframundo arcaico había dos deidades marinas llamadas Forcis y Ceto, quienes tuvieron tres hijas: Esteno, Euríale y Medusa, conocidas como las Gorgonas. Las dos primeras eran monstruos inmortales, la tercera era una mortal con una hermosa aprariencia de mujer a la que los dioses protegieron dándole el poder de petrificar a los humanos con la mirada. Y sabiéndose tan especial, quiso servir a la diosa Atenea como sacerdotisa de su templo. Pese a ser pretendida por muchos hombres, ella se mantenía virgen, como era propio de las sacerdotisas de Atenea. Cierto día Poseidón la contempló prendándose de su belleza y de la hermosura de su larga cabellera dorada. Excitado entró al templo y la violó en el interior del sagrado recinto. Cuando Atenea se enteró, montó en cólera por la profanación, y a pesar de no ser violenta y colocarse siempre al lado de la razón y la virtud, obvió que Medusa había sido forzada por Poseidón y la castigó diciendo: “ya que tus dorados cabellos lo sedujeron, ahora serán serpientes, y tú serás un monstruo como tus hermanas”. Y esa es la historia de la injusticia cometida con Medusa; injusticia que a menudo es cometida por los otros, cuando una doncella es violada. Así es que las jovencitas como tú deben cuidar su honra a toda costa, para que no les suceda lo mismo.
Al volver a casa, Aracne le preguntó a su padre por qué las prendas que ellos teñían alcanzaban precios tan altos en las polis griegas, por compararlos con los de la seda de mar, e Idmón respondió:
—Como cada molusco destila unas pocas gotas de esas preciadas secreciones que tú sabes, la manufactura de la púrpura de Veiros requiere muchos miles de moluscos. Imagínate que se necesitan más o menos doce mil de estos moluscos de un tamaño de seis o siete de tus dedos, para producir el tinte suficiente para teñir el ribete de un vestido de tamaño normal. Esto explica que el tinte púrpura de Veiros sea en ocasiones más valioso, incluso, que su peso en plata y oro, aunque no siempre ha sido así. Los hombres de mi ciudad natal de Colofón, frecuentemente se paseaban por la ciudad vistiendo prendas púrpura, que aunque en ese tiempo era un color raro incluso entre los reyes, no lo era para nosotros. Hoy, los tejidos púrpura son tan codiciados que astutos comerciantes han creado una multitud de tonos de imitación de calidad inferior para satisfacer la demanda y obtener mayores ganancias, aunque sea engañando a quienes no conocen el verdadero púrpura de Veiros.
En cierta ocasión, Aracne visitó a una hilandera amiga de su madre. La encontró extrayendo las semillas de los lóbulos de las cápsulas de la flor de algodón, y mientras lo hacía, le explicaba:
—Cada semilla está recubierta por muchísimos filamentos, que una hila luego. Esta es la lana vegetal. Se limpia primero de impurezas, luego se aplana para alinear los filamentos, si quieres conseguirla máxima calidad, quitas las fibras más cortas, te esmeras en el hilado y te cuidas todo el tiempo de humedecer la fibra convenientemente con un poco de vapor para que se mantenga suave y no suelte pelillos que luego son muy malos si los estás aspirando constantemente.
—¿De dónde sacas esas cápsulas? Yo no he visto esa planta por aquí.
—Estas me las traen desde Egipto.
—Estoy viendo que es algo muy laborioso, y me parece que no se hilan tan fácil como la lana.
—No te creas, es cosa de acostumbrarte a trabajar con ellas. La lana de oveja tiene también su laboriosidad. Debes esquilar a las ovejas, limpiar la lana, escardarla, limpiarla, y por fin hilarla. Supongo que tú sabes más de eso, porque tu madre hila lana de oveja ¿verdad?. —La joven asintió, y como deseaba buscar a sus amigas, se despidió amablemente.
Una mañana, mientras ayudaba a preparar la comida, le preguntó a su madre:
—¿Porqué mucha gente de la aldea usa ese quitón que les deja descubierto el hombro derecho y todo el brazo?
—Ese se llama exomis; mucha gente de aquí lo usa porque trabaja muy duro, y con esa forma, no estorba en las labores.
—Yo prefiero llevar los hombros cubiertos, aunque tenga que sujetarme el quitón con las fíbulas de bronce que me regaló mi padre.
—El tuyo es un diplois, porque es del doble de largo que un quitón común, por eso tienes que recogerlo y sujetártelo alrededor de la cintura con ese zone, para que te llegue a los tobillos.
—Algunas de mis amigas usan un cordón que se echan por detrás del cuello, para pasarse luego las puntas por las axilas, cruzándoselas por la espalda y amarrándoselas por el frente, y dicen que se sienten más cómodas. A mí de todos modos me da mucho calor con tanta tela.
—Sí, aunque tiene la ventaja para nosotras las mujeres de que podemos guardar cosas en el doblez, además de que evitamos que el lino sencillo deje ver nuestro cuerpo.
—¿Y eso qué tiene de malo? Muchos de los hombres incluso andan desnudos.
—Sí, pero nosotras no debemos despertar sus apetitos carnales con la exhibición de nuestras formas, por más bellas que sean; pues de ese modo, las damos más a desear. Ya ves que en los pueblos griegos vecinos, incluso los usan con mangas hasta las muñecas.
—Cuando me case y sea rica, voy a usar uno de seda o de biso, aunque se transparenten.
La madre levantó los hombros como diciendo “tú sabrás”.
—Al mío voy a hacerle una franja de galones y a bordarle algo bonito en ese color verde que a ti te gusta, mamá.
—Como tú quieras. —respondió la mujer, quitando una olla de la hornilla.
La vieja abuela de una de sus amigas que vivía en una choza más alejada de la aldea le mostró cómo hilar y tejer el pelo de cabra para hacer los bastos o sacos con ese tejido más tosco, o incluso con fibras de esparto un día que las visitaba. Y con curiosidad le preguntó:
—¿Alguien hila los pelos de la crin o de la cola de los caballos?
—No, que yo sepa —respondió la vieja, y su nieta que estaba hilando al fondo de la casucha, dijo:
—Yo hilaría los de Arión, para ver si así terminaba más rápido.
Y al ver la interrogante del rostro de Aracne, añadió:
—Arión era un caballo de brillantes crines negras que era tan veloz, que ni siquiera se hundía cuando corría sobre las aguas.
—¿Cómo era eso posible? —preguntó Aracne asombrada.
—Cuando la diosa Deméter buscaba sin descanso a La Doncella, su hija desaparecida, su hermano Poseidón, dios del mar y de los caballos, intentó seducirla, y Deméter se convirtió en yegua para evitarlo. Lamentablemente para la diosa, Poseidón descubrió su truco y a la vez se convirtió en un brioso caballo y la montó, de lo cual nació el fuerte y valeroso Arión.
—¿De dónde sacaste eso? —preguntó la vieja a su nieta.
—Me lo contó la esposa del cabrero.
—Vaya, mi madre decía que un trozo de la tierra se separó de esta y de allí nació Arión. Aunque oí decir a tu bisabuela que había sido producto de los amores del viento Céfiro y de un águila harpía, y que por eso era tan rápido.
La adolescente se retiró pensando en cuál sería el verdadero origen de Arión, y en las cosas tan raras que ocurrían entre los dioses.
Por otra parte, habrá que decir que Aracne se olvidaba de las estrecheces de la familia inventando distintos modos de bordar atrevidas escenas de enamorados salidas de su púber imaginación sobre los retazos de tela que ella misma había tejido desde muy chica para aprender a usar el telar. Con ello trataba de imitar los tapices que el marino amigo de su padre había traído alguna vez para que el tintorero los tasara y poder venderlos sin malbaratarlos. Pese a que varios de sus bordados eran excelentes, ella los mantenía ocultos para evitar la censura de sus padres y sólo los compartía con sus amigas, trocándolos por alguna de las nimiedades que tanto gustan a las chicas.
Al día siguiente por la mañana, su madre la llamó:
—Me parece que tus pechos están empezando a verse. Vas a tener que usar un strofion, como el que tantas veces me has ayudado a atarme en la espalda.
—Ay, mamá, yo no quiero usar esa cosa de lana.
—No creo que quieras usar esas bandas primitivas de Creta, que sólo sostenían un poco los senos expuestos; a mí me parecían bastante desvergonzadas. El que tengo para ti es de lino y va por debajo de la ropa. Ven, desnúdate para que te lo ponga.
A regañadientes, Aracne hizo lo que le mandaban, sintiéndose en el fondo orgullosa de estarse convirtiendo en mujer. Su madre se lo ató por detrás, preguntando:
—¿Lo sientes cómodo? Al principio puede ser molesto. Una se va acostumbrando poco a poco.
Esa tarde lo estuvo presumiendo entre sus amigas, que no estaban tan desarrolladas como ella. Lo que no había previsto, fue que al verla, Evilmerodac, le confesó:
—Eran más bonitos cuando se te trasparentaban a través de tu quitón.
Ella se ruborizó, dándose cuenta de que seguramente había sido observada más de una vez por su amigo, y quién sabe por cuántos varones más. Fue la primera vez que se sintió atractiva, y notó que a ella le atraía Evilmerodac.
Por esos días, llegó un mercader de Focea, quien extendió una alfombra en la pequeña explanada de la aldea en que los niños solían reunirse a jugar y todas las mujeres se acercaron para ver sus mercancías. Aracne no le quitaba la vista de encima a un par de sandalias negras con suela de madera. Al notarlo, el mercader se acomidió a decirle:
—¿Por qué no te las pruebas, a ver cómo las sientes?
Sin apenas pensarlo, accedió, quitándose los coturnos lidios que calzaba. El mercader se arrodilló y se las ató alrededor de los tobillos y de los dedos gordos de los pies, urgiéndola a que diese unos pasos para ver cómo las sentía. La verdad, la madera de las suelas era tan dura como la de los coturnos, no obstante, ella se sintió soñada, viendo cómo la observaban sus amigas, y sobre todo, Evilmerodac, que se estaba probando un borceguí marrón, una especie de zapato bajo y cerrado que no se conocía en la aldea, el cual se ataba por delante, con una parte que abrazaba la pantorrilla en la parte superior.
—Es como los que usamos en mi tierra natal —comentaba el padre del muchacho, que estaba a su lado mirando el resto de las mercaderías .
Aracne le rogaba a su madre que le comprara las sandalias, mas ella movía negativamente la cabeza, objetando que ellos no tenían dinero para darse ese lujo. Fue tan ostensible el gesto de desilusión de la joven, que el padre de Evilmerodac se atrevió a expresar:
—Señora, si usted me lo permite, me gustaría regalarle las sandalias a Aracne; pues sé que es una gran amiga de mi hijo.
Ambas, madre e hija, se ruborizaron, la una pensando en lo que diría su marido, la otra, por la traviesa mirada del muchacho. Y aprovechando el titubeo de las mujeres, el padre de Evilmerodac trató el precio de los dos pares de zapatos, diciéndoles que si Idmón no estaba de acuerdo, le devolvieran las sandalias.
Aracne entró exultante a su choza, mostrándole a su padre las novedades que llevaba puestas, contándole lo ocurrido. Él le lanzó una mirada de reproche a su mujer; y viendo la gran alegría que el regalo producía en su hija, no dijo nada, pensando en que sin más le repondría al hombre el monto del calzado. Cuando la muchacha fue a reunirse con sus amigos esa tarde, Idmón reprendió duramente a su mujer por haber permitido aquello, sin saber que Aracne le había llevado al padre de Evilmerodac cinco tapices que ella había bordado, para evitarle a su padre cualquier desembolso. Cuando el padre de Evilmerodac y su esposa contemplaron aquellos pequeños tapices, se quedaron atónitos, ya que eran verdaderas obras de arte, y no queriendo abusar de la muchacha, se los pagaron con tres monedas de plata por cada uno, asegurándole que aún sumando el costo de las sandalias, salían debiéndole. Fueron ellos quienes, por primera vez, difundieron el rumor de la sorprendente habilidad de Aracne por los alrededores.
De vuelta a su hogar, ella le entregó a Idmón nueve de las quince piezas de plata, diciéndole que emplearía las otras seis en conseguir más hilos de los que ellos no fabricaban; y aunque él se sintió muy complacido con la aportación de su hija, especialmente por no tener que pagar las dichosas sandalias, pretendió seguir enojado con su esposa.
Por la mañana, la mujer llamó a Aracne:
—Hija, no me siento bien, ayúdame a terminar de tejer esa pieza de lana que tu padre habrá de teñir mañana, porque dentro de tres días vendrán por ella.
Aracne hizo un mohín de disgusto, porque había quedado de hacer un bordado para una de sus amigas, mas no dijo nada, y a sabiendas de que su madre nunca se quejaba, se puso a tejer a toda prisa la pieza que ya estaba acomodada en el telar.
—Mientras tanto, yo te contaré otra de las historias de los dioses que tanto te gustan —dijo su madre, sabedora de la afición de su hija a tales relatos.
—Esta vez voy a contarte la historia de una heroína tracia llamada Teófane, hija de Bisaltes, que era pretendida por gran cantidad de hombres por ser poseedora de una gran belleza. Poseidón se enamoró de ella y por apartarla de otros rivales, la llevó a Crumissa, una isla que nadie sabía en dónde se hallaba. Sin embargo, dos de los pretendientes que la buscaban afanosamente entre las islas la descubrieron un día a lo lejos en la playa y uniéndose con los demás, llegaron a la isla en un barco, para intentar arrebatársela al dios del mar; mas Poseidón, que lo había advertido, transformó a Teófane en una hermosa oveja y él mismo se transformó en carnero para ocultarse a los ojos de aquellos, convirtiendo además a los isleños en un rebaño de ovejas, para que éstos no lo delataran. Como los pretendientes estaban seguros de haber visto a Teófane en la isla, permanecieron en ella varios días, buscándola afanosamente; y como tuvieran necesidad de comer, comenzaron a matar ovejas, cosa que enojó a Poseidón, quien los castigó convirtiéndolos en lobos y a los isleños de nuevo en hombres para que los cazaran. Y como él y su amante se hubiesen sentido cómodos en su forma de carnero y oveja, engendraron a Crisómalo, el carnero del vellón de oro.
Mientras tejía con gran destreza, Aracne imaginaba la sensualidad animal que los había invadido, para decidir conservar aquella apariencia.
—¡Míra, si ya casi terminas; qué rápido y bien lo hiciste! —comentó su madre. Y como en aquel momento la mujer se detuviera , llevándose las manos al pecho, respirando fatigosamente y quejándose de un fuerte dolor, Aracne abandonó la lanzadera y corrió por su padre. Cuando volvieron, su madre ya estaba muerta. Ambos la lloraron amargamente: su padre, sintiéndose causante de su muerte por su maldito enojo, y Aracne por su futura ausencia, y sobre todo sintiendo que ahora las responsabilidades de la casa recaerían sobre ella. Con todo, la honraron con las mejores exequias que pudieron.
Al igual que toda la gente de Hipepas, la familia de Evilmerodac vino a darles el pésame, y en un momento en que los mayores se hallaban conversando acerca de las muchas cualidades de la difunta, Evilmerodac abrazó estrechamente a Aracne, y no pudo evitar darle un largo beso, que ambos disfrutaron intensamente, pese a las funestas circunstancias. A partir de ese momento, ambos jóvenes procuraron darse mañas para estar a solas, haciendo mancuerna cuando se hallaban entre los otros muchachos de su edad. Aracne dio rienda suelta a los sensuales temas de sus bordados, aprovechando que su padre se hallaba todo el día ocupado en sus labores, por lo que no podría reprenderla. Ella iba en persona a ofrecerlos como había visto hacer a los mercaderes que de cuando en cuando visitaban la aldea, e incluso haciendo sus pinitos en transacciones con estos, consistentes casi siempre en trueques. Así que, poco a poco, fue extendiéndose la fama de sus tapices, y algunas gentes llegaban hasta Hipepas buscándola para encargarle alguno de ellos.
No había pasado un año, cuando el padre de Evilmerodac vino a casa de Idmón para pedir la mano de Aracne para su hijo, hablándole de este modo:
—Mi hijo ha escogido a Aracne para casarse, y yo pienso que es una buena elección; que es una muchacha hermosa y fuerte que le dará hijos sanos, y todo mundo sabe que es una gran tejedora, que además posee muchas otras habilidades; que te parece a ti.
—Creo que tu hijo puede ser un buen marido para ella, pese a que no le lleva muchos años. Por mi parte, la dote que podría ofrecer consistiría sólo en algunas piezas de lana que he guardado pensando en que este día llegaría, aunque no tengo nada más, aparte de su telar, su industrioso ingenio y sus herramientas de hilar. No puedo comprometer mis artilugios de tintorero porque los necesitaré para subsistir.
—Pienso que es más que suficiente, pues nosotros somos modestos como ustedes y no somos ambiciosos.
Así es que concertaron la boda para el invierno siguiente en el mes de Gamelion, consagrado a la diosa Hera. Por supuesto, los dos enamorados se sintieron felices al saberlo.
Tras la boda, Aracne fue a vivir a casa de sus suegros, que era un poco mas grande que la de sus padres e instaló su taller en una barraca en la parte trasera. Ella misma confeccionaba los distintos hilos para sus bordados, o bien los encargaba a sus muchas amigas hilanderas de la región. Y como los encargos se multiplicaran rápidamente, hubo de aprender a bordar con gran destreza y prontitud, de tal modo que sus manos parecían volar sobre los tejidos, armadas de las lanzaderas y distintas agujas que usaba.
Al cabo del primer año de su matrimonio, se embarazó y tuvo un hijo al que ella y Evilmerodac llamaron Closter. El niño creció entre hilos, agujas, husos y ruecas, jugando con todos ellos, imitando los quehaceres de su madre. Desde muy pequeño aprendió a hilar, a tejer en el telar e incluso a bordar, al grado de que la gente inventaba cosas sobre el chiquillo, asegurando que había inventado un nuevo huso, que era capaz de hilar cualquier tipo de fibra en un abrir y cerrar de ojos, y un sinnúmero de cuestiones fantasiosas como esas.
Todo hubiera sido miel sobre hojuelas para Aracne, de no ser porque una de sus amigas de la infancia le deslizó al oído que Evilmerodac frecuentaba por las tardes a Anfítrite, una joven tejedora de la aldea vecina, y que ella misma los había visto besándose en un bosquecillo cercano.
En un primer momento, Aracne se sintió ofendida en lo más hondo de su dignidad de esposa fiel, para luego decirse que era natural, pues ella se pasaba los días enteros metida en su taller, a diferencia de las otras mujeres dedicadas a atender a sus maridos; y si ella tenía que escoger entre su marido y su oficio, se decantaría decididamente por lo segundo. Pese a que le doliese en el alma la infidelidad de Evilmerodac, diciéndose que si él se lo hubiera confesado, lo habría entendido, no le reclamó cosa alguna ni le dejó ver que estaba enterada del asunto, y siguió trabajando como siempre, refugiándose en sus labores y en la crianza de su hijo, perfeccionando cada vez más sus tapices.
Era tanta la entrega a su oficio, que se molestaba cuando la gente que admiraba sus obras expresaba que seguramente la propia Atenea, la Tritonia, la diosa de ojos glaucos, la había enseñado; a lo que ella respondía con arrogancia:
—Yo no he aprendido nada de ella. Todo el mérito es mío, no en vano he pasado innumerables jornadas ideando cómo hacer. Si pudiera, la retaría para ver quién es la mejor de las dos.
Era tan profusamente halagada por todo aquel que conocía sus tapices que fueron creciendo la altivez y la vanidad que de siempre habían existido en ella, con tal intensidad que engreída de sus destrezas, se atrevía a repetir ante todo aquel que se admiraba con sus trabajos que sus habilidades superaban a las de Atenea, la diosa de las artesanías, la sabiduría y la guerra; y fue tanta su insistencia, que tales aseveraciones llegaron a oídos de la diosa, quien se enfadó mucho al conocerlas.
Sin embargo, con la sabiduría proverbial que caracterizaba a la virgen, decidió darle una oportunidad a la mortal de arrepentirse y retractarse de aquellas palabras. Se transformó en una bondadosa anciana, y una mañana se apareció a las puertas del taller de Aracne. Esta la miró de arriba abajo, sopesando que no sería una buena compradora, a la vista de su humilde indumentaria. No obstante, la invitó a pasar para que al menos admirara los bellos tapices que tenía colgados de las paredes, como lo hacían otras personas que se hallaban allí dentro. La anciana se introdujo con paso cansino en el taller, y fue admirando cada tapiz con gran profusión de alabanzas, por provocar las insolencias de la joven, las cuales no se hicieron esperar.
—Gracias por tu reconocimiento, buena mujer, porque creo que ni la propia Atenea podría superarme, incluso con sus poderes divinos.
—No ofendas de esa manera a los dioses, porque son ellos los que nos otorgan los dones que poseemos. La experiencia se obtiene con la edad, y creo que no deberías desafiar de ese modo a la diosa, manteniendo ese orgullo tuyo al nivel de los mortales a quienes perteneces. Además pienso que deberías suplicar el perdón de Atenea por tanta soberbia.
—Disculpa, pero no me hace falta ninguno de tus consejos. Hablas de este modo porque te abruman los años, mujer. Si es como dices, ¿porqué Palas Atenea no se ha presentado a medir sus habilidades con las mías? ¿Será porque tiene miedo de saber que la supero?
Al oír la necedad de aquella burda provocación, Palas se despojó de su apariencia mortal, mostrándose en todo su magnificente esplendor: portando la coraza adornada con la cabeza de Medusa, hecha con la salea de la cabra Amaltea, la nodriza de Zeus en Creta, con la que él se protegió en su lucha contra los Titanes, la que usaba Atenea como escudo en sus enfrentamientos, a pesar de no ser una diosa guerrera ni violenta, siendo como era, partidaria de la civilización y el orden. Al verla aparecer de este modo, las gentes que estaban en el taller se postraron de hinojos ante la diosa, y las ninfas de los alrededores se hicieron presentes para adorarla. En un primer instante , Aracne se amedrentó, mas un momento después se repuso y siendo la mujer de carácter que era, sostuvo la mirada de la diosa porfiando en su desafío, y Palas declaró:
—Si tú insistes, sea; mas no digas que no te di la oportunidad de arrepentirte. Compitamos sin más demora.
Atenea tejió con gran maestría la famosa escena de la disputa entre ella y su tío Poseidón por el control de Atenas, en la que aparecía Zeus precediendo a los doce dioses del Olimpo, solemnemente reunidos en el monte Areópago, cada cual representado en su aspecto más característico: en un extremo, de pie, Poseidón haciendo brotar un mar frente a la ciudad con un golpe de su tridente sobre la tierra, mientras que en el otro, Atenea ataviada del mismo modo que ahora, al tocar la tierra con su lanza, hacía brotar de ella un olivo, provocando la admiración general. Al considerar que el olivo sería de mayor valor para los habitantes, la diosa se alzó con la victoria, dando nombre a la ciudad.
Para que Aracne conociese el castigo destinado a los mortales que osaban desafiar a los dioses, Palas bordó en cada ángulo una escena alusiva: en la primera, Ródope, la reina tracia y su consorte Hemo, convertidos en montes por pretender compararse vana y presuntuosamente a Hera y Zeus. En la segunda, se mostraba el trágico destino de aquella madre pigmea Énoe, que siendo poseedora de una gran belleza no rendía culto a Hera, lo cual provocaba la cólera de la diosa. Al vencer a la mujer en una competencia la convirtió en grulla, obligándola a visitar a su hijo Mopsos en aquella infamante forma. Junto con los demás pigmeos, él mismo la ahuyentó sin saber que se trataba de su madre. En la tercera, aparecía Antígona de Troya convertida en cigüeña por desafiar a Hera. Y en la cuarta, aparecía Cíniras abrazando los escalones de mármol del templo, en los que habían sido convertidas sus hijas por desafiar a la esposa de Zeus. Finalmente, Palas Atenea rodeó su obra con ramas de olivo, coronándola con su árbol simbólico.
Por su parte, espoleada por su aprehensión de superar a la diosa, Aracne tejió hábilmente escenas de las astucias de los olímpicos para poseer a diosas, ninfas y mortales: las de Zeus convertido en toro para engañar a Europa, su rapto de Asteria convertido en águila, el de Leda en forma de cisne, su seducción a Nicteide transformado en sátiro, engendrando a un par de gemelos, su posesión de Alcmena adoptando la forma de su esposo Anfitrión, la de Dánae convertido en lluvia de oro, su seducción de Asíope con forma de fuego, la de Mnemósine bajo la de pastor, y su unión con Perséfone transformado en serpiente.
En otra parte la mujer bordó las astucias de Poseidón: cómo toma a Cánace siendo un novillo salvaje, cómo engendra en Ifimedea a los Aloidas, el rapto y montado de Teófane transformado en carnero y ella en oveja, como delfín a Melanto, su seducción a Deméter convertido en caballo y engendrando a Arión, y su relación con Medusa transformado en ave, de cuya unión nació Pegaso. En otra sección más pequeña tejió el intento de Apolo Febo por tomar a Admetos, transformado en campesino, el de Jacinto como gavilán, el de una mujer convertido en león, y la seducción de Ise como pastor. Y como aún quedaran huecos, tejió a Líber engañando con falsas uvas a Erígone y cómo Cronos con forma de caballo engendra a Quirón. Viendo cómo la diosa remataba su obra, ella rodeó con una cenefa de flores y hiedras entrelazadas la suya.
Estaba cayendo la noche cuando concluyeron sus obras, por lo que ambas se contemplaron extenuadas la una a la otra, antes de ver el resultado de su contrincante. Cuando Aracne vio el tejido de Palas se sorprendió sinceramente ante su magnificente belleza, sobrecogiéndose al captar el mensaje encerrado en las escenas de los ángulos, y un tanto apocada se volvió para descubrir la cara de la diosa que contemplaba anonadada su obra, comprendiendo que la había derrotado. Palas se mordía los labios, abrumada por los celos, estrujando su lanza entre las manos. Alternando incrédulas y furibundas miradas entre la mortal y su obra, saltó sobre el telar y la desgarró rabiosamente lanzando aterradores gritos. Cuando la vio hecha girones por el suelo, inspiró con dificultad e irguiéndose en toda su divina estatura, se volvió para golpear repetidamente con su lanzadera la frente de la aterrorizada Aracne, que al fin se percataba de su osadía.
Sufriendo lo indecible viendo la mejor obra de su vida destrozada, y temiendo correr la misma suerte, corrió humillada y afligida para suicidarse colgándose de una soga que pendía de una viga del techo. Palas corrió tras ella, pero en vez de destrozarla con su lanza, la detuvo sujetándola por los hombros y con el rostro muy cerca del de la mujer, le espetó:
—¡Sí, tu obra era un dechado de perfección, sus imágenes eran preciosas, la elección de los hilos y la composición eran impecables! ¡Sin embargo… Sin embargo… ¿¡Por qué te atreviste a mostrar la lujuria, los apetitos sexuales y los hórridos gazapos de los dioses, especialmente los de mi padre!? ¡Tu muerte sería un magro castigo, en cambio, te condeno a tejer eternamente finísimas y sutiles telas para los ojos mortales; y ya que deseabas colgarte, así permanecerás por siempre.
Diciendo esto, la roció de pies a cabeza con el jugo de una hierba de Hécate, y momentos después, con una espantosa lentitud Aracne fue perdiendo su abundante cabellera, luego la nariz y las orejas, encogiéndose más y más, hasta ser catorce veces más pequeña que una mano, y finalmente, sus brazos y piernas formaron ocho dedos que se combaron, para tejer con ellos el hilo que brotaba de su propio cuerpo. Era una araña.
Al oír a lo lejos el tropel de todos los que salían corriendo del taller de Aracne huyendo de la furia de la diosa y sin haber presenciado el terrible castigo, Evilmerodac volvió a su casa a toda prisa para saber qué ocurría. Vio el taller de su mujer abierto y se dirigió hacia allá. Al entrar contempló atónito los destrozos causados por Atenea: el telar roto, los girones de un tejido por el suelo, los preciosos hilos de Aracne ensortijados, y pensó que los ladrones, queriéndose apropiar de los valiosos tejidos de su mujer habían creado aquel caos, o que la envidia de alguna tejedora la había orillado a cometer aquel atropello.
Llamó a voces a Aracne, sin tener respuesta, mientras que ella, descolgándose de su telaraña, pendiendo de un hilo muy cerca de la cara de su marido, intentaba relatarle su desgracia, mas él la ignoró preocupado como estaba por encontrarla, y simplemente salió del taller tratando de dilucidar dónde podía haber ido. Interrogó a los vecinos, y creyó que quienes habían presenciado los acontecimientos se burlaban de él.
—Las historias de los dioses son cosas para contarle a los niños. Yo nunca he visto a ninguno de ellos por aquí —replicaba severamente; e incluso llegó a pensar que ellos encubrían al raptor de su mujer, reflexionando que quizá sería lo mejor para él, enamorado como estaba de Anfítrite.
Preguntaba en los alrededores, tan sólo por guardar las apariencias ante sus padres y su suegro, quien lo conminaba a dar con el paradero de Aracne. Al paso de los días fingió que iba aceptando la pérdida de su esposa. Mientras tanto, ella se revelaba contra su condición, buscando en vano el modo de desagraviar a la diosa, y el de comunicarle a los suyos la amarga realidad.
Pasados unos meses, Evilmerodac, argumentando la inutilidad de sus pesquisas y alegando que él y su hijo necesitaban ser atendidos por una mujer, insinuó que buscaría una para desposarse de nuevo. Una tarde se atrevió por fin a traer a casa a la joven Anfítrite, pretextando que alguien debía continuar con el taller de su desaparecida esposa.
La furia y la indignación de Aracne no tuvo límites al verlos entrar a su taller tomados de la mano, y un odio mortal creció en su interior al verlos besarse ante su propia vista, así que se descolgó hasta la espalda de su marido y lo picó tras el cuello. Al sentir la picadura, él intentó llevarse las manos al punto, pero Anfítrite se lo impidió juguetona, en tanto que él miraba atónito cómo una araña se izaba rápidamente por su hilo hasta su telaraña en el techo.
Aracne vio desde su nido cómo se demudaba su marido al comprender lo sucedido, y cómo se le doblaban las piernas, en tanto que su sorprendida amante intentaba sostenerlo, preguntándole qué le pasaba. Palas le había otorgado una transformación completa, dotándola de una ponzoña mortal y atrozmente activa.
La araña contempló con gran satisfacción el poco tiempo con que Evilmerodac abandonaba este mundo en medio de los gritos de alarma de su amante; y por primera vez se sintió conforme con su condición, habiendo logrado vengar de ese modo la afrenta que le infringiera el traidor.