En un sueño tropecé
con esos gemelos jugando
a ser cachorros sin mando,
“libres de lazos”, pensé.
Y una a una repasé
mis intrépidas vagancias
con sus distintas fragancias
de inocencia y travesura,
flores de simple hermosura
de casi cualquier infancia.
Desperté y no fui consciente
de haber sido visitado
por los Gemelos Sagrados,
aunque de modo inocente
pensé que era simplemente
la anunciación del arribo
de un par de nietos furtivos
que el universo me daba
sin poner ninguna traba
sin acuse de recibo.
Luego atisbé en el futuro,
como en una ensoñación,
preso de gran emoción
los cuatro abriles maduros
de un hombrecito tozudo
que todo quería alcanzar
entre la luna y el mar,
esculcando en mis tesoros,
descubriendo con asombro
lo que he querido guardar:
Seis chinitos abrazados
al cojín de las agujas,
una escoba contra brujas,
mil juguetes alzados
en un cajón del pasado
que hasta el presente se cuelan,
cosas de abuelos y abuelas
más muchos otros detrás
se mezclan en un matraz,
y al niño se le revelan.
Este infante me augura
que pronto será mi nieto
tan travieso y tan inquieto,
como mi sueño asegura.
Mi intuir prefigura,
sabedor de las historias
o las remotas memorias
pródigas en desatinos
de los hombres y sus críos,
y sin embargo, promisorias
