Los Tlachic en la Olimpiada – Segunda Parte

El “Club 20 24“, había instalado una “fanzone” en la Arena de Lutecia -antiguo teatro galo-romano- ofreciendo gratuitamente retransmisiones de las competencias en pantalla gigante, más espectáculos artísticos y deportivos.

Al enterarse de ello, Jandre y Pepelú quisieron visitarla  para ver las pruebas de surf que se llevaban a cabo en el pequeño pueblo de Teahupo’o, en la isla de Tahití, en la Polinesia Francesa.

Además de sentir el ambiente de otro modo, en contacto con la raza más común y corriente de París, dado que la arena estaba en el barrio Latino, pidieron que los llevaran hasta la Rue des Arènes . Por supuesto, los agentes de seguridad los detuvieron en la puerta de ingreso, pero dejaron de hacer preguntas y casi huyeron al escuchar a los hermanos mexicanos reclamar indignados:

—Pinches franchutes ¿creen que no tenemos derecho de visitar un monumento como éste y de disfrutar de las retransmisiones?

El siguiente problema se presentó cuando llegaron hasta los antiguos bancos de piedra que les parecieron convenientes para tener buena visibilidad, pues los espectadores de la fila de atrás se quejaron de que las estatuas no los dejaban ver bien, cuestión que se agudizó cuando acudieron al lugar de nuevo los agentes de seguridad acompañados de su jefe, para ver qué estaba pasando, y el comandante se llevó la misma sorpresa que sus subalternos al escuchar despotricar a Jandre y Pepelú.

La cuestión no llegó a más, porque los propios asistentes los defendieron, admirados los unos por el truco de hacer hablar a las estatuas, y los otros, por tener noticias de los Tlachic y sus giras. Finalmente, todo quedó en paz, y el comandante simplemente le pidió a los nigerianos que acomodasen de otro modo las esculturas, para que los espectadores de atrás pudieran ver bien.

Pusieron mucha atención al oír a sus espaldas a un guía de turistas relatar que Lutecia era el nombre antiguo de París, y que la Arena de  Lutecia era un antiguo anfiteatro romano con escena, con capacidad para diecisiete mil espectadores; que a escena del teatro tenía casi 42 metros de largo y que los combates entre gladiadores o entre hombres y animales se celebraban en una pista central elíptica de 52,50 por 46,8 metros. Jandre y Pepelú hubieran querido seguir oyendo, pero el grupo de turistas se alejó. Y se dijeron que simplemente el escenario era fantástico, aunque en ese momento no se imaginaban cuánto.

No había transcurrido ni un par de minutos de la retransmisión de las pruebas de surf, cuando ambos hermanos experimentaron simultáneamente algo muy extraño: comenzaron a escuchar un fuerte murmullo que nada tenía que ver con el de la gran cantidad de gente presente; incluso el sonido general era lejano.

—¿Qué me pusiste en las orejas Jean Pierre? —preguntó Pepelú molesto.

—Nada, señor. No tiene nada.

—Entonces ¿a ti también te está pasando? —quiso saber Jandre.

En ese momento, ambos hermanos escucharon claramente una voz en sus cabezas:

—¿De qué anfiteatro vienen? No los habíamos visto por aquí. ¿Qué clase de gladiadores son? Ah, deben de ser combatientes de meridiani pero ¿en dónde están sus armas? No creo que hayan durado mucho vivos tan enclenques como se ven —y al unísono respondieron:

—¿Quién chingados eres? Déjame verte —Y la voz respondió:

—No pueden vernos? ¿Son  ciegos?

—Que quién chingados eres? —repitió Pepelú con una voz sulfurosa que rebelaba su creciente encabronamiento.

—Todos los que ven aquí, o mejor dicho, todos los que no ven aquí, somos las almas en pena de los gladiadores, esclavos y condenados a muerte que perdimos la vida en esta arena.

Un escalofrío nunca antes sentido recorrió las espaldas de los Tlachic, dejándolos sin palabras, y la voz continuó:

—Por alguna razón, estamos condenados a presenciar nuestra propia muerte una y otra vez, quizá por toda la eternidad.

Yo soy un gladiador samnita, como todos los gladiadores de la antigüedad. Traigo un yelmo cerrado y rodeado de grandes viseras, un escudo, me  protejo el brazo derecho con una manga acolchada y desde la rodilla hasta el pie una greba de bronce que me protege la pierna izquierda. Estoy armado con una espada corta; y mi contrincante es un reciario vestido con una túnica corta y un cinturón de cuero. Él también se protege el brazo derecho con una manga acolchada que tiene a la altura del hombro una placa de metal curvada hacia afuera, que le guarda la cabeza y el cuello. Está armado con una red y un tridente. El reciario trata de combatir a unos tres pasos de mí, para quedar fuera del alcance de mi espada corta, tratando de herirme con su largo tridente o de envolverme con su red. Sé que mi mejor defensa es el ataque, por lo que trato de acortar distancias y acercarme hasta un paso del reciario, con lo que le entorpeceré el manejo de la red y del tridente, al tiempo que quedará al alcance de mi espada corta.

Como en todo momento busco acortar distancias, parece que estoy persiguiendo al reciario, que  procura apartarse en seguida buscando los tres pasos idóneos que requieren sus armas. Durante la secuencia de golpes y contragolpes, se escuchan gritos de “¡perseguidor, mata a ese reciario engreído!” o de “¡ya ensarta a ese estúpido samnita”. Todo va bien hasta que el maldito ejecuta uno de los golpes maestros de los reciarios: le imprime un movimiento circular a la red plegada para que me golpee en las corvas, al tiempo que me amenaza el pecho o quizá el cuello con el tridente. Entonces pierdo el equilibrio y caigo de espaldas, y me doy por perdido —lanzó un grito espeluznante, y…

Calló, para que otra voz se hiciera escuchar:

—Yo soy un andabate de los que luchamos a pie y a ciegas, con la cabeza metida en un casco sin orificios, me siento aterrado, pese a llevar el cuerpo protegido por una cota de malla. Trato de defenderme, pero mi contrincante me muele a golpes, hasta que me derriba con un terrible golpazo  en la cabeza.

Una voz más se impuso diciendo:

—Yo combato en modo meridiani.

—¿Y cómo es eso —preguntó Jandre.

—Es un combate de gladiadores totalmente desprovistos de armas defensivas —y agregó con voz temblorosa— yo huyo despavorido sin querer pelear, pero un soldado me quema la espalda con un carbón encendido, para obligarme a hacerlo; así que ,a querer o no, tengo que sacar la casta y comienzo a luchar; nunca se mueven las espadas sin herirnos el uno al otro, y poco a poco me voy debilitando con la pérdida de sangre, hasta que se me nubla la vista y sucumbo.

—Una voz femenina relató:

—Estoy condenada a luchar contra un grupo de pigmeos, si se me acerca uno solo, puedo deshacerme de él, pues, a pesar de que los malditos enanos son correosos y fuertes, están debilitados por el encierro y el ayuno, y en mi condición de esclava, aprendí algunas artimañas para quitarme a los esclavos lascivos de encima. Sin embargo, cuando coordinan entre varios su ataque, me derriban, y un fuerte brazo me rodea el cuello asfixiándome, mientras otros me sujetan los brazos —y otra voz femenina intervino con tono lastimero:

—Yo estoy condenada a ser descuartizada—grita de un modo terrífico y entre sollozos continúa— no sé cuánto tiempo permanezco viva gritando, con el cuerpo desmembrado —En aquel momento, Jandre ya no pudo más y le ordenó a Jean Antoine que lo incorporara y lo sacara de inmediato de aquel espantoso lugar, diciendo que ya no quería seguir escuchando los lamentos de sus almas en pena. Pepelú estuvo de acuerdo y los nigerinos se apresuraron a ejecutar la orden, mientras Jandre y Pepelú seguían oyendo una multitud de voces gritándoles:

—¡No se vayan! ¡Ayúdenos a salir de aquí! ¡Nunca nadie nos había escuchado! ¡No sean tan crueles! —los mexicanos hubiesen querido taparse los oídos, pero sabían que oían las voces dentro de sus cabezas. Afortunadamente, todo cesó en cuanto pisaron la calle, asustados y confundidos, cada uno especulando qué podía haber ocurrido

De vuelta al hotel narraron la macabra experiencia a los nigerinos, que se preguntaban por el repentino cambio acaecido a sus patrones.

En cuanto Don Tomás y Doña Rufina llegaron, los hermanos les refirieron lo sucedido, y Don Tomás aventuró:

—Entonces, no deben ponerse en contacto con las piedras de edificios antiguos, porque parece que les ocurre algo parecido a esos psíquicos que pueden contar la historia de un objeto tan solo al tocarlo.

—Será el sereno, ‘apá. Pero, al menos yo, no quisiera repetir la experiencia —declaró Pepelú.

—Claro, ya se sabe que eres un coyón —terció Jandre.

—Te Recuerdo pequeño príncipe Valiente, que tú fuiste el primero en querer abandonar la arena —replicó Pepelú, y continuaron otra más de sus batallas verbales, hasta que doña Rufina los puso en paz de mala manera.

* * *

Durante uno de esos días en que no había competencias de interés para la familia, Don Tomás y Doña Rufina decidieron conocer el famoso museo de Louvre, pero, por más que le explicaron al director que las estatuas de sus hijos querían entrar también, el director se negó en redondo. Por alguna razón desconocida no funcionaron la hipnosis y los otros recursos mágicos empleados por los Tlachic en estas circunstancias, quizá porque el director, el museo, o alguna de las piezas que contenía, tenían sus protecciones. Entonces Pepelú y Jandre regresaron al hotel acompañados de los hermanos nigerinos, no sin antes dar una vuelta por ahí, dejando que sus padres disfrutasen la visita al museo. Causaban extrañeza entre los transeúntes, muchos de los cuales pensaban para sus adentros que aquel par de negros se estaban robando las estatuas de alguna parte; pero, al pasar hablando con los nigerinos junto a unos mexicanos, estos los reconocieron y empezaron a bromear con ellos, y la gente se fue apiñando a su alrededor, y más de alguno les pidió su autógrafo. En cuanto llegaron, Pepelú pidió:

—Jean-Pierre, enciende el televisor… Cámbiale de canal… Cámbiale otra vez… Síguele cambiando… ¿Qué no hay nada en español?

—No señor. Si quiere busco en internet un canal hispano.

—Pero, algo donde se esté hablando de la Olimpiada, y si es en directo, mejor.

De pronto apareció en la pantalla una conductora hispana de no malos bigotes, y Pepelú dijo entusiasmado:

—¡Allí! ¡Allí déjale! —y guardaron silencio para escuchar sus comentarios:

“Los organizadores de la Olimpiada de París tuvieron la brillante idea de que las tradicionales medallas olímpicas de oro, plata y bronce contuvieran en su centro un hexágono de hierro tomado de la Torre Eiffel.

Al ser interrogado acerca de dónde proceden los trozos de metal, el Comité Olímpico respondió que a lo largo de los años se han retirado y sustituido piezas en el transcurso de las renovaciones, y que las piezas retiradas proporcionarían el material”  

La cámara enfocó al presidente del Comité Olímpico francés, diciendo:

“No habrá huecos en las paredes de la torre ni faltarán puntales en parte alguna, por tanto, no habrá cambios en las postales, los imanes y los paños de cocina que se venden como souvenirs y sobre todo, la Torre no correrá peligro de caerse”.

—Hay que decirle a ‘apá que nos consiga un par de esas —dijo Jandre.

—Te refieres a la conductora o a las medallas —respondió su hermano.

—¡Ay, ya vas a empezar de libidinoso! Por supuesto que a las medallas.

—Pero, unas que sean de oro —replicó Pepelú sin hacer caso del comentario de su hermano.

Al volver, don Tomás y doña Rufina contaban sus impresiones de la visita al museo:

—¡Qué horror! Por todos lados había un gentío espantoso, y cuando nos deteníamos para ver algo interesante, la muchedumbre te empujaba para poder ver y en varios momentos sentí que me llevaban en jarras. Quise ver la Mona Lisa famosa y el lugar estaba aún más atiborrado. Traté de acercarme por un ladito, pero el cuadro tenía unas protecciones a los lados que te impedían verlo de lado; y cuando, por fin, pude verlo de frente, me decepcionó ver que no tenía el tamaño que yo pensaba, notando además que la famosa enigmática sonrisa no era obra de un pintor, sino de alguna brujería. Tienen cantidad de cuadros antiguos, muy oscuros y con las caras amarillentas; yo no sé pa’ qué los exhiben, a menos que sean famosos, aunque no tienen chiste. Había tantas pinturas tan amontonadas, que la mayoría no lucía nada, a pesar de que muchas eran muy bonitas. Por eso me impresionó un enorme cuadro que abarcaba casi toda una pared, de unos náufragos en una balsa, muchos de los cuales estaban agotados o muertos, mientras uno de ellos levantaba los brazos para llamar la atención de un barco a lo lejos; porque me acordé de lo desesperada que me sentí aquel día que fuimos a Chapala, y se nos ocurrió rentar una lanchita de remos y ustedes dos se echaron a nadar llevándose los remos, dejándonos en mitad de la laguna, hasta que se les dio la gana volver por nosotros. —Doña Rufina hizo una pausa, y continuó— eso sí, había unas columnas que arriba , en lugar de hojas y laureles, tenían figuras de toros, leones o cabras, y le dije a Tomás que quería mandar hacer unas como esas para la terracita que quiero hacer atrás de la casa.

—Yo le dije que, a menos que nos las robáramos de algún lado, como hicieron estos franceses con tanta cosa antigua, porque los picapedreros que tenemos por allá, la cosa va a ser imposible; eso, sin ver de dónde vamos a sacar piedras tan bonitas —intervino Don Tomás, y Doña Rufina prosiguió con su relato:

—A Tomás se le ocurrió que fuésemos a visitar, la sala de Egipto, y había una cantidad tal de cosas, que todo lucía amontonado. Luego al chaparro barrigón que es su padre, se le ocurrió lanzarle un conjuro a una momia, nomás por nomás, y el vejestorio comenzó a caminar haciendo tiradero de cosas; toda la gente entró en pánico, se formó una pelotera para salir del lugar, con las alarmas sonando , las viejas gritando histéricas, los escuincles chillando, mientras el chistoso de su padre se reía muy divertido, y yo con ganas de ir al baño. Por cierto que, cuando conseguimos salir y llegar hasta el tocador de damas, tuve que enfrentarme a otra de aquellas colas inmensas y a unos baños infames. En cuanto salimos de ahí, le dije a Tomás que nos fuéramos, y aquí estamos.

No bien había concluido su reporte, los hermanos comenzaron un ardua labor de convencimiento para adquirir unas medallas olímpicas; y tuvo tal éxito su empeño, que a los dos días los cuatro Tlachic, acompañados de los nigerinos, se presentaron en la lujosa casa de joyería francesa Chaumet, en el número 12 de la Plaza Vendôme, donde les aseguraban que se habían fabricado. Un diligente vendedor les salió al paso, pensando que había tratado con clientes estrafalarios, pero que nunca le habían tocado unos con una comitiva de estatuas y cargadores. Al conocer el propósito de los mexicanos, declaró:

Las medallas fueron diseñadas y fabricadas por la propia casa Chaumet, —extrajo de una vitrina lateral los tres modelos con sus cintas rojas, los puso frente a ellos sobre una mesita, y continuó— cada una contiene un hexágono de hierro original de la icónica torre Eiffel, al que se le quitó la pintura marrón con que se cubría la estructura, para que hiciera juego con el metal de cada medalla, con su color hierro original.

—A mí me gustaría más una con cinta azul, como las que quedaron en la vitrina —dijo Jandre, que había quedado frente a la vitrina y había visto pasar las de cinta roja. El vendedor abrió unos ojos como platos al escuchar la voz de Jandre, pero al instante se repuso, reconociendo a los Tlachic.

—Las cintas de las medallas olímpicas son rojas, mientras que las de las medallas paralímpicas, son azules.

—Entonces, ni madres. Estamos embrujados, no paralíticos —repuso Jandre indignados.

—¿Y no tienen cintas de otros colores? —preguntó inocentemente Doña Rufina.

—Non Madame, los colores se eligieron a partir de la bandera Francesa que es azul y roja —respondió el vendedor con sonrisa indulgente.

—Oiga, ¿y en vez del hexágono le podrían poner un pentágono, que va más acorde con los intereses de la familia —inquirió Pepelú, mientras el vendedor hacía un gesto de incredulidad.

—Estas son medallas conmemorativas, señor. Por tanto, el diseño es parte inseparable de la joya. El hexágono en sí es símbolo de Francia; los franceses nos referimos a la Francia continental como l’Hexagone por la forma que tiene su mapa.

—Ay, este hombre no quiere cooperar. Vámonos y a ver si en otro lado nos las pueden hacer a nuestro gusto —estalló Don Tomás, esperando el asentimiento de su mujer, el cual no se hizo esperar. Hicieron una seña a los nigerinos, y estos se apresuraron a salir de la joyería con Jandre y Pepelú.

—En ningún otro sitio les van a hacer las modificaciones que quieren, porque es un diseño exclusivo de la Casa Chaumet —vociferaba el vendedor, mientras Don Tomás y doña Rufina cruzaban el umbral de la Puerta rumbo a la calle, comentando:

—Este hombre no sabe vender, ¿verdad? –Subieron a la camioneta que habían rentado y se dirigieron al primer evento deportivo de la tarde que habían elegido.

               * * *

         ¿En qué parará la aventura europea?

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