Los Tlachic en la Olimpiada – Primera Parte

Como muchos otros mexicanos, Jandre y Pepelú Tlachic se interesaban por seguir los acontecimientos deportivos mundiales, al grado de que le pidieron a sus padres, Don Tomás y Doña Rufina que los llevasen a la Olimpiada del 2024 en París

—Para qué quieren ir tan lejos: siendo estatuas de piedra, ustedes nomás pueden ver en una dirección. Bastaría llevar una de esas pantallas panorámicas a casa de su padrino Gaudencio, que es  el único de Cerro Chueco al que le llega la pinche señal de televisión.

—Nooo, ‘apá, queremos sentir el ambiente, oír la gritería a nuestro alrededor, ver a la gente, aunque sea nomás la de adelante.

—Lo más importante es que no quiero ni pensar en la odisea de moverlos nosotros solos, muchachos, o tener que conseguir por allá quien lo haga.

Por vencer tal reticencia y haciendo gala de las aptitudes mágico-ingenieriles que les permitía la limitante de usar sólo conjuros y órdenes verbales, Pepelú y Jandre fabricaron un par de diablitos giratorios que podían plegarse para llevarse en un bolso de mano, y convencieron a Don Tomás y a Doña Rufina para que ensayaran inclinaciones y giros, sujetos con sendos cinturones de acero a sus respectivos diablos, sin que los viejos brujos resintieran sus pesos. No obstante, el padre seguía renuente.

—A usted también le gustan las Olimpiadas ‘apá, me acuerdo cómo miraba a las nadadoras, las clavadistas y las gimnastas hace cuatro años; y usted ‘amá, con todo respeto, hacía lo mismo en las categorías masculinas —Y los padres nomás sonreían y se miraban entre sí. Al final y tras muchos ruegos, Don Tomás y Doña Rufina reservaron boletos de avión y los boletos de entrada a todos los eventos que Pepelú y Jandre les indicaron.

Una tarde, el compadre Gaudencio llegó de visita y viendo que sus compadres estaban muy entretenidos revisando los boletos de avión y un montón de folletos de París, se quejó:

—Ah, compadre. No me había platicado que iban a ir a las Olimpiadas.

—Los chamacos han estado chingue y chingue, alegando que no tenemos presentación en puerta. Yo les dije que a qué irían ellos dos, y me respondieron que a lo mismo que cualquiera: a ver, a sentir el ambiente, y en fin, a estar allí. Yo no estaba muy convencido, pero entonces Rufina me salió con que quería ir a la final de los 100 metros planos. Yo respingué, había visto un reportaje sobre la prueba, que se acababa en un abrir y cerrar de ojos. Fíjese: la carrera podría durar unos 9,58 segundos si participaban atletas de la talla de un tal Usain Bolt, por tanto, el precio de la entrada más barata, de 295 euros, pagaría cada segundo a 31 euros; y el de la más cara, lo pagaría a 102,30 euros. La mujer me soltó una retahíla acerca de mi tacañería. Le dije que simplemente no se me antojaba ir, pero de repente, nos salieron algunos trabajitos por allá. Usted sabe, cosas que uno hace para que llegue primero a la meta un cliente, o que los jueces no vean ciertas cositas, y todo eso, compadre. Así que los cuatro nos vamos el mes entrante. Por cierto, compadre, a ver si nos puede llevar en su troca al aeropuerto; nosotros le avisamos.

Esperando el momento de partir, los muchachos procuraron ocupar su tiempo empapándose de todo lo relativo a los deportes incluidos en la moderna justa olímpica; inclusive aprendieron algunos rudimentos de francés.

En cuanto arribaron al aeropuerto parisino, los Tlachic fueron conducidos a la oficina de un funcionario aduanal, quien les informó que la introducción de piezas arqueológicas u obras de arte en Francia era ilegal, a menos que los viajantes contaran con los permisos oficiales para introducirlas. Don Tomás extrajo del bolsillo interno de su gabán un papel doblado que le extendió al funcionario, que doña Rufina, con el pretexto de desdoblarlo convenientemente, se adelantó a coger para después hacer un pase frente a los ojos del funcionario. El hombre tomó el documento a su vez y, en primer lugar, revisó el membrete oficial, que no existía, luego leyó el documento en blanco, y satisfecho se lo devolvió a Don Tomás. Así que, como siempre, cruzaron las barreras sin problemas.

Una oficina del propio aeropuerto se encargó de llevar las estatuas de Jandre y Pepelú hasta la propia recepción del hotel que habían reservado, auxiliados por los diablos giratorios.  Los empleados se admiraban del fácil manejo de aquellos artilugios y de la ligereza con que podían conducir las pesadas esculturas, mostrándose muy interesados en el diseño, sin saber que participaba en el mismo un ingrediente mágico.

Una vez que entregaron al recepcionista la copia de su reservación, un empleado con acento español se apersonó diligentemente, iniciando su perorata clientelar:

—Bienvenidos a nuestro hotel, remanso de paz en el corazón del mundo de los negocios, la moda y el espectáculo. Además de los servicios comunes de hotelería, contamos con un magnífico patio rebosante de colores y esencias desde los primeros rayos de sol, un salón y un jardín de invierno donde relajarse en un ambiente tranquilo y musical. Las habitaciones son refinadas y espaciosas y combinan encanto y carácter para que su estancia en París sea inolvidable, todo con un espíritu de « boutique-hotel » arty.

Don Tomás hizo un gesto de desesperación e interrumpió al empleado:

—¿Podría indicarnos cuál es nuestra habitación? Si no hay inconveniente —dijo con cierta irritación. Deseaba llegar cuanto antes a la suite que habían reservado, pues tenía una impostergable necesidad de zurrar.

Doña Rufina había escogido el “Atala”, sobre todo porque, según el anuncio  podrían llegar a los Campos Elíseos a pie. Decía que la suite era elegante con un diseño muy agradable,  y que el hotel tenía la ventaja de estar cerca del Arco del Triunfo; además de tener un patio y al fondo un gimnasio para uso de los huéspedes. Pero, sobre todo, Doña Rufina había sido seducida por el “Reserva y ahorra, con el 10% de descuento”, así que, en vez de costarles mil euros la noche, sólo les costaría novecientos, más los impuestos y cargos, además, aseguraba que la reservación era 100% reembolsable.

Al salir del inodoro, Don Tomás echó un vistazo en torno y, al ver que la suite tenía vista a la Torre Eiffel, comentó en tono venenoso:

—Asegún vi en el folleto que había en el baño, hubiera estado mejor la suite con vista a la Iglesia del Sagrado Corazón.

—A mí me pareció que la torre es la cosa más emblemática de París, Tomás.

—Casi nada de lo que habías visto en la promoción es cierto.

Le hizo notar que las habitaciones eran cómodas, modernas, pero terriblemente impersonales. Que el nylon y el poliéster adornaban todo, incluyendo las alfombras. Y finalmente hizo hincapié en que la nota de fondo de la pirámide olfativa tenía su base en alguna substancia desinfectante, añadiendo que la nota de ternura era aportada por el tufillo de axila de la camarera inmigrante, mientras que la nota analítica de salida era aportada por el incomparable olor a microalgas podridas del Río Sena.

—Las minúsculas terrazas te invitan a tomar café de dos en dos y a cerrar inmediatamente  la ventana, para evitar el ruido del tráfico infernal de París. Vaya elección, Rufina.

—Fue lo mejor que pude hallar con tus remilgos y tacañerías, así que te aguantas. A más de que solo van a ser dos semanas -Don Tomás se dirigió al dormitorio, disponiéndose a descansar un rato, y antes de entrar refunfuñó:

—Ah, se me olvidó que por 24 euros por persona, se puede disfrutar de un delicioso desayuno consistente en uno o dos cuernitos, queso del supermercado primorosamente alineado en bandeja, jugo de lata  y  café, ¿verdad? Nada decente para almorzar.

A sugerencia del compadre Gaudencio, pidieron a la recepción que les procuraran un fuerte par de jóvenes, que hablasen español,  para mover diariamente unas esculturas entre algunos eventos deportivos. Respondiendo al llamado, se presentó un par de hermanos oriundos de la República de Níger, llamados Jean Pierre y Jean Antoine, de 20 y 22 años, quienes expresaron en castellano con un fuerte acento español, y que habían quedado encantados al saber que se trataba de la familia Tlachic, pues las aventuras de Jandre y Pepelú se habían viralizado en las redes sociales.

Desde el primer momento se vio a los nigerianos manipulando diestra y casi acrobáticamente los famosos diablitos giratorios, con el beneplácito de los pétreos hermanos.

Jandre y Pepelú, atendiendo a las recomendaciones de su padrino Gaudencio, aseguraron que no irían a la ceremonia de inauguración, diciendo que se quedarían en el hotel a verla por televisión, dado que ellos estaban más bien interesados en asistir a algunas de las justas deportivas. Don Tomás y doña Rufina se fueron entonces solos al evento. Ya de regreso, comentaban con sus hijos su incomodidad:

—Desde que salimos, estuvo lloviznando y le dije a Tomás “de seguro va a caer un aguacero, porque desde la mañana ha estado nublado” y le pregunté si hacíamos algo, pero me respondió que de seguro los brujos locales se encargarían de que no lloviera. Al ver que antes  de comenzar la ceremonia estaba amainando, pensé que tenía razón, pero en cuanto empezó el desfile de barcos llevando a los atletas se soltó el chubasco.

—Creo que mis padrinos graniceros, harían polvo si vinieran a dar unos tallercitos por acá –comentó Don Tomás. Doña Rufina continuó:

— Bueno, el ambiente era inigualable: gente de todo el mundo poniéndose como loca a la hora que pasaba la delegación de su país.  Yo creo que hubiera sido mejor quedarnos aquí con ustedes viendo la televisión, porque todo lo interesante lo pasaban en unas pantallas gigantes dado que ocurría en partes  distintas de París. Empezaron a aparecer escenas de los que traían la antorcha olímpica, como le hacen siempre, y no sé por qué se le ocurrió al portador meterse al metro de París, y de repente, parece que el metro se desconchinfló e irresponsablemente, el portador de la antorcha se la entregó a unos niños para que se la cuidaran, para ir a ver lo que pasaba; y unos enmascarados llegaron y se la quitaron a los escuincles, y ellos se la llevaron en una lancha. De hecho, uno de esos enmascarados siguió saliendo una y otra vez, disque explicando cosas y trepándose por los techos de casas y edificios; yo creo que los mafiosos deben rifarla por acá, como en todo el mundo. En México no hubiéramos permitido que la antorcha olímpica cayera en manos de enmascarados, por más poderosos que fueran sus cárteles.

—Y luego, en cuanto empezó el cueterío en un puente muy adornado, según esto, comenzó el desfile de barquitos y más barquitos con los atletas, pero muy desparejos, porque yo creo que no quisieron gastarle en barquitos iguales o más o menos parecidos —intervino su marido.

—Intercalaron en las pantallas gigantes a una mujer que supongo que era famosa, que cantó una canción trepada en una escalera dorada, junto a un piano negro. Y siguió el desfile de barquitos cargados de atletas de todo el mundo. Y no sé por qué de pronto, el decorado y los trajes de los participantes cambiaron a color de rosa.

—Ha de ser porque por acá los lilos son muy bien vistos, Rufina  —comentó Don Tomás con una sonrisita socarrona, y ella continuó sin inmutarse:

—Unos bailarines hicieron el famoso cancán, enseñando los calzones.  Y luego otros hicieron algo que tenía que ver con la catedral de Nortedam.

—« Notre Dame », mamá —corrigió Jandre.

—Tú dilo en francés, si quieres. Yo lo digo en español. Luego salieron las medallas que van a dar de premio.

—Sí ‘amá. Nosotros vimos todo eso y todo lo demás aquí en la tele. Mejor cuéntenos de lo que no salió en la tele —interrumpió abruptamente Pepelú. Doña Rufina le dirigió una mirada de pocos amigos y ya no quiso decir más. Don Tomás tomó entonces la palabra:

—Cuando veníamos de regreso, nos dimos cuenta de que a nuestro alrededor había varios españoles comentando esa escena en que salía un fulano casi encuerado y pintado de azul , que disque estaba disfrazado como el dios griego del vino, tumbado en el centro de una larga mesa, acompañado de otros doce tipos que posaban de una manera que recordaba una bacanal, porque decían muy enojados , ceceando a más no poder, que se estaban burlando de la Última Cena. Hasta Rufina -que no es muy beata que digamos- se enojó al darse cuenta plena de lo que ella había tomado por una simple pasarela.

               * * *

En cuanto arrancaron las competencias, Don Tomás y Doña Rufina comenzaron a trabajar para cumplir con los contratos que habían hecho; aunque, por no destruir la ilusión de los juegos y por ética, no especificaré dónde y cuándo intervinieron para desviar o enderezar la trayectoria de un proyectil cualquiera, llámese balón, flecha, bala o disco; acalambrar o sofocar a algún favorito o al más cercano competidor; nublar o distraer la vista de uno o varios jueces, y, sobre todo, bloquear o deshacer encantamientos de los brujos de varias latitudes, porque, al menos en París 24, no sólo competían atletas, sino también, debajo del agua, magos, hechiceros, y psíquicos de todos niveles.

Mientras sus padres trabajaban, Jandre y Pepelú se divertían en grande asustando gente al escucharlos hablar o gritar emocionados. Un hombre le dijo a su hijo al pasar “míra, es uno de esos señores que se quedan quietos simulando ser estatuas, ven, tócalo” pero al sentir bajo sus dedos la fría rigidez de la piedra, se demudó, y apartó a su hijo de las estatuas.” Qué buen truco” decían otros, y muchos pensaron que eran parte de la cuestión escénica de los juegos.

(Seguirá…)

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