Arquifilia
Arquifilia es la menor de 36 hermanos encargados de echar a perder la Feria Intencional del Limbo, la vendimia anual de secuencias esclavas de palabras. Estudió Acomo-datura en la misma universidad patito donde se graduó esa amiga suya que siempre pone el mismo puesto de huaraches en la misma esquina de las “Tiesas de Octubre”, el evento anual que precede a la feria tapatía un mes antes.
Quizá esa sea la razón por la cual Arquifilia tampoco renueva el acomodo de la Feria: los puestos de Secuencias-Esclavas parroquiales siempre están al fondo a la izquierda, aunque esto tal vez sea porque no venden mucho, y ese rincón sea el más lejano y por tanto, el más baratito. Conjeturo que el área infantil siempre ha estado al fondo a la derecha, como los retretes, porque esta situación responde a la velada intención de los progenitores de mandar a los infantes por un tubo -el del excusado- tras arduas jornadas de impotencia educativa; o a lo mejor se espera que la influencia benigna de las secuencias celestiales del fondo izquierdo, antes mencionado, se haga patente en los espíritus de los pequeños destructores del entorno.
En fin, tal vez Arquifilia no cambia el rostro de la Feria, debido a que no cambian las jerarquías económicas del Librum Comercium a que ella está sujeta.
Cuatro Especies Visitantes
- Lítero socialis spp.
Es el espécimen más abundante en la Feria. No le interesan mucho las secuencias de palabras, sino los títulos de aquellas y uno que otro girón de las mismas que le permita convencer a un interlocutor inopinado de que leyó la secuencia en cuestión, o para recorrer el mundo con una bajo el brazo, pretendiendo una imagen intelectual. Se les puede hallar en los pasillos más concurridos cazando oídos párvulos, o la simple compañía de un alma gemela. Ah, también suelen aposentarse en las primeras filas de las conferencias, adoptando distintas poses, y preguntando chabacanamente en las sesiones de preguntas.
- La Culturitáceae spp.
Es una planta de ornato, sin raíz, barnizada de sapiencia, muy común en inauguraciones de exposiciones artísticas, y en eventos gratuitos o baratos que huelan a arte de algún modo. Se le encuentra frecuentemente por los pasillos y los salones de la Feria.
- El Intelecuáleae cf Credíbilis
Esta especie en peligro de extinción es la que le da el verdadero sentido a la Feria, (no confundir con el Falso-Intelecuáleae, que abunda en este tipo de eventos, y cuya apariencia es muy semejante a la del verdadero). Los auténticos visitan de vez en cuando la Feria, para dispersar su semilla, con la esperanza de que florezca.
- R-poifloxus
A pesar de usar talla 32, calculó que este fodongo atuendo talla 40, sería el más apropiado para encajarse en los calzones y sus distintos escondrijos interiores todas las secuencias de palabras que la distracción de los dependientes de las editoras le permitiesen, sin que se notasen los sobresalientes ángulos de aquellas. Por supuesto que no olvidó el plástico anti códigos de barras de su invención.
Esperanza Futil
Los 27 años de trámites y largas listas de espera habían valido la pena, pues hoy presentaría su libro en la Feria Intencional del Limbo. Había invitado a la mayoría de sus familiares y amigos, para sentirse acompañada por su gente. Mientras los asistentes a la presentación anterior salían de la sala, repasaba una y otra vez su discurso, mirando continuamente el reloj. Su presentación estaba programada a las 17 horas, dentro de cinco minutos. La sala se vació, algunas personas se asomaron, le sonrieron y siguieron su camino. Dieron las cinco, las cinco y diez, las cinco y veinte, y dado que su presentación terminaría a las cinco treinta, decidió abandonar, pues la sala continuaba vacía. Dos minutos antes de la media, llegó el siguiente escritor novel para presentar su libro; la saludó cortésmente, y se dispuso a arreglar su laptop. Estaba entrando una señora muy elegante, que debía ser la madre del joven, pues se parecían mucho. Muy cariacontecida por lo sucedido, o más bien, por lo no sucedido, salió al corredor, viendo que más allá había una aglomeración ante una puerta, y al pasar escuchó que alguien comentaba en voz baja:
—“¡Qué maravilla de confesiones de escritor hace este Biel Mesquida!”. — Y se quedó para escuchar a través del altavoz al maestro.
La presentación concluyó y con la idea de estrechar la mano del ponente, se quedó esperando a que la gente saliera. Estaba casi por entrar, cuando vio salir a sus familiares, que al verla allí parada, enrojecieron y se demudaron, hasta que su hermana se atrevió a plantear:
—¿Dónde es tu presentación, Epi?— Y al ver el gesto de reproche de la interpelada, añadió en son de disculpa:
—¿Cuándo volvemos a ver al maestro? Perdónanos. Ah, se me olvidaba: Roy y los demás también estuvieron aquí, y me pidieron que los disculparas, porque me contaron que a la hora que se dieron cuenta de que ésta no era tu presentación, la multitud ya no les permitió salir—- Inocentemente, Epi se hacía cruces porque no los había visto pasar.
Lecturiano Parias
Desde mediados de año comenzó a ahorrar lo más que podía, privándose de no pocos pequeños gustos (los únicos que podía darse), para poder comprarse una secuencia barata, de más o menos calidad, en los botaderos de secuencias de palabras de los comerciantes que asisten a la feria, esos saldos que no pudieron venderse el año pasado ni el antepasado ni hace varias ferias. Después de corroborar lo inalcanzable del precio de las secuencias “normales”, divisó uno de esos saldos paradisiacos al final de un corredor, y se abrió paso a codazos entre la multitud que esperaba para ¿decentemente? lanzarse sobre los trogloditas que hurgaban la inmunda pila de secuencias de palabras que se hallaban al borde de la amarillación y a una letra del olvido. Recibió los consabidos piquetes de ojo y de la parte de la columna vertebral donde esta pierde su casto nombre, más un escaneamiento y uno que otro moquete supuestamente descuidado. Propinó las mismas dosis a aquellas finísimas personas que, como él, participaban de la arrebatinga. Cuando finalmente creyó encontrar lo que buscaba, una rústica edición cincuentenaria del Necronomicón, se dirigió a la caja, sólo para sufrir la siguiente afrenta de los lectores pobres: después de hacer fila por cerca de una hora, la cajera tomó la secuencia elegida, y mirándola con cara de asombro preguntó:
—¿De dónde la tomó?
—De ese montón de secuencias que tienen en oferta, a 50 escudos, señorita”
—No sé cómo fue a parar ahí. Disculpe, caballero, pero esta secuencia vale 10 escudos más”.
Lecturiano sacó el pañuelo con las monedas ahorradas, dándose cuenta de que le hacía falta un céntimo, cosa que le informó a la cajera, por ver si era posible la rebaja. Esta consultó con el encargado del puesto, y volvió moviendo negativamente la cabeza. Entonces Lecturiano, se decidió a repetir la peligrosa experiencia de abalanzarse sobre el tiradero de secuencias, pero cuando por fin llegó de nuevo a la caja, con otra secuencia en mano, la señorita le informó que habían dado las 22 horas y que el sistema se cerraba, por lo que ya no le podría recibir el pago. Finalmente, se acercó a un interféuto que pregonaba dar un libro barato; era un lítero socialis que al consultar una foto de su sala en el celular, se había percatado de que el color de la portada de la secuencia que había comprado, una edición medio desencuadernada de “Las Venas Abiertas de Américo Vespucio”, no hacían juego con el tono de la sala, y se lo compró sin regatear, sólo porque no lo había leído, y por barato.
(Cualquier parecido con otras ferias es mera incidencia)