
Ninfas del bosque que amaron al fauno que habito:
Perdón por haber sobornado a sus eunucos, por haberme enamorado hasta de sus sombras, por haberme embriagado con el vino de sus pechos, por querer trasfundir mi virilidad en sus vaginas, encabritando sus puntos G y el resto de sus alfabetos; por desnudar mi soledad frente a las suyas; por no haberles dicho que las amaba como a nadie, como sólo sabía amarlas en ese instante; sin pensar siquiera en un mañana para un Nosotros.
Mas, creí siempre que un mismo deseo nos movía a gozar del voluptuoso placer de los cuerpos, de aquella mutua aventura tenaz de los sexos, pares igualmente faunos, igualmente hambrientos, igualmente irresponsables de nuestras maneras laxas de hacer el amor, ignorándolo todo, fuera de nuestros afanes y de nuestros lechos.
Así que hay verbos que no aplican entre nosotros,
ni los epítetos tóxicos propios de truhanes
ni las diatribas de un torvo despecho ancestral.
Ambos corrimos los riesgos de odiar nuestra entrega,
y el desamor, el olvido y las falsas promesas
fueron recíprocas catas de un vino perverso
que como amantes bebimos al fin de la dicha.
Aunque sé que la ganancia fue mucha y mutua,
la balanza se inclinó a mi favor de algún modo.
Perdón por no haberles dicho que sus abrazos reconfortaban un blues que lloraba en mi entraña, que la seda de sus manos salvaba los desiertos de mi piel, que sus susurros y gemidos restañaban hondas huellas de abyectos filos verbales y sobre todo: por no haberles dicho que se me iba el alma entre sus piernas, para volver vuelta otra hasta su ermita.
Sabiendo que hay un Nirvana y mil muertes pequeñas
que nos tornan más hombres, más mujeres, más vivos,
más dispuestos a morirlas de nuevo...por cierto.