A Palos

Le Almanaco tiene el placer de ofrecerle para su particular deleite este séntido (sic) cuentito, ganador del 2o lugar de la 2a edición del Concurso de Literatura para la Diáspora Mexicana, organizado por el Instituto de los Mexicanos en el Exterior.

El tiempo pasa cada vez más rápido. Apenas un parpadear y Julie ya cumple ocho años.

Desde que trabaja desde casa, Benoît se encarga de hacer la compra y esta vez está seguro de no haber olvidado nada para la fiesta. La lista que le dio su mujer precisa el producto, la marca, su peso y condicionamiento y le recuerda en cada pie de página que no olvide verificar las fechas de expiración. Su sosiego se desmorona cuando se entera de la razón de la nueva ira de su mujer.

—¿Qué? ¿Cómo que no está la piñata? ¡Pero si la traje desde ayer!

—Pues yo no sé cómo le vas a hacer mi amor: ya están llegando los invitados —lo fustiga Nathalie y Julie añade:

—¡Papá: se te olvida la cuerda para la piñata! ¡Ya quiero verla!

Viven en el pueblo en donde nacieron y en donde fueron juntos a la escuela, a dos casas de los padres de ella. Están a una hora al sur de Bruselas, en una zona de suaves valles, sembrada de trigo y de amarillas flores de colza. Para ir a la tienda hay que ir en coche al pueblo de junto, tres campanarios más lejos. De las casitas de piedra azul o de ladrillo, salen gentiles personajes a cortar el pasto con un cortauñas para que quede parejito.

Benoît sube otra vez al tapanco, baja rebuscando a derecha e izquierda, vuelve a ver en el coche. No es posible que una piñata de colores chillones se pierda. Sí, anoche tomó uno o dos peket[1] de más, pero eso de ganar el campeonato provincial de petanca…eso se celebra. Aunque…hubiera debido tener en cuenta que su resistencia al alcohol se fue cayendo al mismo tiempo que el cabello de su coronilla.

Mientras busca en la casita del jardín, trata de hacer memoria del recorrido que hizo desde la casa de la señora mexicana que hace piñatas en la capital hasta el terreno de juego. Sí, se detuvo a comprar los dulces, pero por supuesto la piñata seguía en el cofre. Luego el partido. Sí, cerró bien el coche, además ¿quién se va a robar una cosa tan extraña?

—¿Sigues sin encontrarla? —la sombra de Nathalie se cuelga en su espalda. Ahora sí va a empezar el problema—. De verdad no se puede confiar en ti. Dijiste que tú te ocupabas de la cosa esa, ahora Julie está ilusionada con su “pi-nah-tá”, si no aparece, vas a ver el drama. Ya le contó a sus amigos, la vas a hacer quedar mal. Siempre lo mismo contigo, lo único que te importa es tu…

Benoît siente la vibración de las palabras en los oídos, pero el sonido no significa ya nada. Nathalie se da cuenta y sube en agudos e intensidad:

—Dime cómo es la cosa esa y yo la busco.

—Es…redonda…y tiene como… picos…—contesta Benoît, sintiendo el zumbido en las sienes, un clavo en la frente— de colores…

—¿Qué? ¡La pequeña quería un unicornio, no un cactus! Tú le vas a pedir disculpas. Voy a ver qué están haciendo los niños. Si rompen algo, va a ser tu culpa. Tenían que romper la chuchería esa que te empecinaste en comprar.

—Una cerveza. Eso es lo que necesito para que se me despeje la cabeza —se dice Benoît, mientras su mujer atraviesa el jardín a paso marcial, deteniéndose únicamente para sonreír con los incisivos a las madres de los niños que vinieron a la fiesta.

Benoît entra en la casita de las herramientas de nueva cuenta y cierra la puerta tras de él, sabiendo que no verá nada: el foco está fundido desde hace semanas, tal como Nathalie le recuerda a las diez precisas cada mañana. Respira el fresco silencio y deja que la oscuridad le masajee las sienes y le arrulle la incipiente migraña.

Escucha (¿o no?) un  leve crujido. Otro. Confirmado: es un crujido. ¿Será una comadreja? Ojalá que no. La provincia ha decretado que ese animal es una especie protegida y no hay de otra que aguantar a la inquilina y su peste. Busca su celular para alumbrar el rincón cuando una voz bajita le dice:

—¡Shhh!. Señor, no prenda la luz.

¿Será una de las niñas que está jugando a las escondidas?

—¿ Y porqué no? ¿Te están buscando?

—Si. Para pegarme.

—¿Para pegarte? Ah, no, eso no se puede.  ¿Quién te está buscando?

—Los de la casa. Yo creo que hasta usted.

—¿Yo?

—Usted me trajo aquí anoche. Aunque iba usted bien tomado, luego-luego encontró la llave del candado y me dejó en el rincón. Ya me había dicho Doña Rosa, la señito  que me hizo, que así tenía que acabar. Bien chula que me dejó. Había de haber visto usted con cuánta paciencia me puso capa tras capa de papel con engrudo para que quedara maciza “pero no mucho, porque hay que tener puntos frágiles” dijo.

—¿Rosa? ¿Madame Hernández? —(Dios mío, me estoy volviendo loco).

—Esa mera.

—Escucha, pequeña. No sé si es una broma o si la migraña me está derritiendo el cerebro, pero ¿sabes qué? Que no me importa. Es tan agradable conversar contigo en este lugar fresquito. No tengo ningunas ganas de regresar a la fiesta.

—Pues aquí nos quedamos calladitos y no nos va a pasar nada. La verdad es que yo ya me cansé de que nos maltraten, a mí y a mis hermanas.

Sentado en el suelo para estar a la altura de su interlocutora, Benoît le responde:

—Sé bien lo que quieres decir. A mí también me toman por un tapete. ¿Te importa si fumo?

—No, por favor, es peligroso para mí…¡Ja, ja, ja!

—No entendí.

—Déjalo, no importa. Pero ni se te ocurra.  Este lugar está lleno de bidones de gasolina y de cosas inflamables —después de un silencio, prosigue—. Me siento bien pesada, creo que me metí demasiados dulces. Antes se acostumbraba poner naranjas, cacahuates y cañas.

—¿Cañas de azúcar?

—Si, esas. De hecho, no tengo nada que hacer en un cumpleaños. A mí me dijeron que me inventaron poco después de la conquista de México, dizque para enseñar a los indígenas los beneficios de destruir el pecado con fe ciega. Ahora resulta que los chinos nos fabrican en cadena para divertir a los mocosos del primer mundo en las fiestas.

—Me estoy perdiendo. ¿Eres mexicana? —Y muerto de risa—:  Oye… ¿no serás la piñata que compré ayer?

—Híjole, cómo te tardaste en adivinar. Pues sí.

Contra todo buen juicio, Benoît se deja sumergir en la alucinación.

—Vamos a ver: con lo bonita y exótica que eres, vas a ser el alma de la fiesta.

—No me hace ninguna gracia la idea. Estoy harta. Cada vez que se habla de México, no falta quien salga con: “ah, sí, qué exótica, que bonita Sudamérica”. ¿Cuándo vamos a hablar de igual a igual? Y que sepan que… los palos duelen, y el menosprecio duele y la sospecha duele.

—No sé si te sirva de algo, pero sé exactamente cómo te sientes ¿Qué necesitarías para estar mejor?

—Que me conozcan, que conozcan mi historia. Que sepan todo el amor y la destreza que hacen volar las manos que nos hacen. Que aprecien los cientos de dobleces que llevan mis vestidos. Entonces sí, les regalo mi alegría y me parto en pedazos para lloverles dones.

—Así será. De eso me encargo yo.

Nathalie no tuvo que tocar la puerta de la casita, el pasto ya temblaba bajo sus pasos.

—¡Nondjidjiu, Benoît! ¿En dónde te metes? No solamente pierdes la “pi-nah-tá”, ahora también…

Benoît no la deja terminar su frase: —Oye ¿sabes que en la despensa hay focos? Ya eres grande, yo se que tú puedes cambiar el que se fundió.

En toda la historia de su noviazgo hasta sus diez años de casados, nunca antes le habían hablado así. Iba a preguntar a su marido qué clase de bicho lo había picado cuando Julie apareció corriendo.

—Papá ¿en dónde estás?

—Aquí, ya encontré la piñata. Junta a tus amigos. Les voy a contar su historia.

. . .

Haltinne, Bélgica julio 2023


[1] Especie de ginebra consumida en Valonia, a veces aromatizada con frutas, chocolate o especias.

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