(N.D.L.R. La historia de Los Tlachic empieza aquí. Publicada originalmente en Le Almanaco V.1. en abril del 2023)
Doña Rufina y Don Tomás Tlachic deben ser los mejores magos y brujos, no nomás de por aquí, sino de toda la República. Cantidad de gente de todas partes los viene a ver: hombres sombrerudos de mirada torva, señoras con enaguas largas, huarachudos vestidos de manta, hombres y mujeres de mirada angelical vestidos de blanco, y un sinfín variopinto de yoremes elegantes y no elegantes, que vienen a solicitarles favores sin importarles tener que trepar como cabras hasta la cima del cerro Chueco, donde viven los Tlachic junto con sus dos hijos José Guadalupe y Juan Andrés, un par de adolescentes de quince y catorce años, respectivamente.
Se cuenta que Don Tomás rehízo los glaciares en Groenlandia, lo malo fue que los cubitos de hielo desaparecieron en la Unión Americana y Canadá durante seis meses; o que doña Rufina convirtió en piedra todos los cartuchos, bombas y misiles para detener la guerra, y que, en lo que se daban cuenta de lo que ocurría, dos misiles ultra rápidos vueltos piedra, perforaron de lado a lado varias decenas de muros. Afortunadamente, Doña Rufina es de principios, ya que, cuando brujos enemigos supieron de dónde había procedido la cosa, vinieron a decirle a doña Rufina que le pagaban lo que fuese, pero que revirtiera el hechizo, porque estaban perdiendo mucho dinero, pero ella se negó en redondo.
Si alguien se ha preguntado alguna vez si la magia es hereditaria, la respuesta es sí. Los hermanos Pepelú y Jandre, como se nombraban cariñosamente en la familia, comenzaron a utilizar sus poderes en cuanto se enteraron de poseerlos. El juego era entre ellos y a escondidas de sus padres, que les tenían prohibido usarlos de no ser en su presencia, porque podrían sufrir algún percance que no supieran controlar o revertir.
Por mencionar sólo algunas de las diabluras que se hacían entre hermanos, diré que Pepelú le convertía a Jandre en atole caliente la tortilla del taco que se estaba comiendo, Juandre lo soltaba al quemarse y el contenido del taco se desparramaba junto con el atole, sólo porque el chico lo había acusado ante sus padres de algún desmán del hermano mayor. El problema para Pepelú fue que a Jandre no se le olvidaban fácilmente los agravios. Una noche en que Don Tomás y Doña Rufina se iban a quedar en un rancho que quedaba lejos, Pepelú invitó a su novia a hacer una tarea de la escuela en el tapanco del granero de atrás. Jandre, intuyendo que harían algo más que una tarea escolar, convirtió la pantaleta de la chica en algo así como un cinturón de castidad: el nuevo material de la prenda no permitía que se la quitase. Pepelú supo al instante que se trataba de una broma de su hermanito menor y salió en calzoncillos, correteando a Jandre por todo el cerro, gritándole:
—¡Deja en paz los calzones de mi novia!
Pepelú lanzaba hechizos para detener al prófugo, mismos que el Jandre desbarataba, para lanzarle a su vez otros que lo obstaculizaran o al menos lo entretuvieran para poder escapar. Desistiendo de alcanzarlo, José Guadalupe volvió al granero pensando qué podría hacer.
Cuando Juandre le gritó desde afuera que ya había deshecho el hechizo, era demasiado tarde, pues desde hacía rato la güerita había estado llorando y pidiéndole a Pepelú que la llevase inmediatamente a su rancho. Desgraciadamente, Pepelú no podría denunciar ante sus padres que el cabrón de Jandre estaba usando la magia, porque él mismo estaba haciéndolo, a más de que estar a solas con su novia en el tapanco del granero de atrás también estaba mal, al menos a los ojos de la gente mayor.
Pepelú respondió agriando los cuarenta litros de leche que su hermano había quedado de llevar a la kermés de la parroquia para hacer el atole para vender. Don Tomás y Doña Rufina miraron reprobatoriamente a Pepelú, seguros de que era él quien había perpetrado la fechoría. Haciéndose el remolón, Pepelú desbarató el hechizo, haciéndole a Jandre una señita por lo bajo, para posponer el asunto, y la leche quedó como si nada.
La ocasión se presentó durante la ceremonia de premiación de los mejores estudiantes de la secundaria, entre los que estaba Jandre, pues el muy “estudioso” lanzaba un conjuro en voz baja, y se copiaban en su cuaderno las tareas o el examen del más estudioso de su salón. El caso fue que Jandre lucía gallardísimo ante toda la escuela reunida en el patio de la secundaria la medalla de honor que le habían entregado, cuando la medalla se derritió convertida en algo chocolatoso y fétido, por lo que, rojo de coraje y de vergüenza, se tapó el pecho con las manos y corrió rumbo a los baños sin saber qué hacer, en tanto que Pepelú se regocijaba internamente.
La de Jandre fue cuando Pepelú invitó a sus amigos a celebrar su cumpleaños con una tamaliza, echando un sortilegio enchilador de chile habanero en el delicioso mole de guajolote del relleno de los tamales, excepto en el de sus padres, tan picante que los invitados sólo podían darle una mordida a su tamal para buscar enseguida dónde escupir. Hubo valientes que se pasaron ese primer y único bocado, simulando indiferencia, a pesar de las lágrimas que se les rodaban, buscando con la mirada al bromista, mientras Pepelú buscaba inútilmente a su hermanito querido por todas partes. Y cuando finalmente se quejó amargamente del asunto con Doña Rufina y Don Tomás, el bribón de Juandre ya había quitado el picante del relleno de los tamales. Cuando ellos los probaron, dijeron que estaban muy buenos, instando a la concurrencia a seguir degustándolos, explicando que de seguro unos tamales picosos que les habían encargado se habían mezclado con estos. Aquella vez el infractor fue castigado por una semana dentro de una botella, porque la broma había involucrado a otras personas que no eran de la familia, es decir, que Jandre había usado la magia en público una vez más.
Las mutuas agresiones fueron subiendo de tono con el paso de los años, y el colmo de éstas acaeció cuando Jandre entrenaba en una pista al caballo de carreras que había conseguido comprar con sus ahorros de toda la vida y Pepelú hizo aparecer un hoyo en la pista en el momento preciso en que el corcel daba el paso. El animal se rompió la pata y de inmediato el muchacho supo que había sido obra de su hermano, pues él mismo había revisado minuciosamente la pista unos minutos antes pero, sobre todo, porque ningún hechizo conseguía soldar el hueso de la pata del caballo. Un terrible rencor estalló en Jandre, que se vengó de Pepelú pulverizando la valiosísima colección de mariposas que su hermano había reunido a través de los años.
De igual manera, brotó en el interior de Jandre un odio acérrimo por Pepelú. Buscó en los pueblos cercanos al brujo de la magia negra más negra que habitaba en el Cerro Prieto y por las noches tomó un curso intensivo con él. Al concluirlo, decidió que lo mejor sería convertir a su hermano en piedra. Ensayó durante varios días el conjuro correspondiente, más los pases exactos que debía dibujar ante los ojos de su detestado hermano, y finalmente lo venadeó: en cuanto Pepelú cruzó la cerca de entrada, Jandre ejecutó los pases mágicos y pronunció las palabras precisas. El problema fue que Pepelú hizo exactamente lo mismo, como en un espejo, pronunciando al unísono el mismo conjuro, dado que había tomado el mismo curso, con el mismo brujo, por las mañanas, por lo que nunca se habían cruzado, y ahora estaban convertidos en un par de estatuas de piedra, una frente a la otra, con un raro ademán en las manos. Así los encontraron Don Tomás y Doña Rufina; y por más que hicieron, no consiguieron desbaratar los mutuos encantamientos.
El desfile de visitantes habituales veía las estatuas, admirando al escultor. Cuando alguien preguntaba por los hijos de la pareja, Don Tomás y Doña Rufina no tenían más remedio que contarles la verdad de lo ocurrido.
Un día de esos, el dueño de la tienda del pueblo les dijo:
—En las ferias hay tanto farsante que muestra algún monstruo de pacotilla en el que se convirtió algún hijo desobediente o algún pecador, que estoy seguro de que ustedes sacarían un dineral mostrando las estatuas en las ferias, contando lo sucedido. En los alrededores todo mundo sabe que las estatuas eran sus hijos. Se correrá la voz de que todo es cierto y podrán hacer polvo en las ferias de otros lugares.
Don Tomás y Doña Rufina discutieron largamente el asunto, resistiéndose debido a su dignidad de brujos afamados, pero debo decirles que los Tlachic ya le dieron tres vueltas al mundo, unos en vivo y otros en “piedra”, porque consiguieron que las estatuas de los hermanos pudiesen hablar, y tienen un show en el que Jandre y Pepelú hacen las delicias del público insultándose de lo lindo y lanzándose maldiciones que lo único que consiguen es que la piedra del otro cambie de color.
Por supuesto, esta es una actividad mucho más reposada y remunerativa que hacer limpias, retachar embrujos, enderezar jorobados, secar hidrotrópicos, rehacer cabezas de mongoles o hacer cirugías abriendo a la gente sólo con las manos. Al no querer ser atendidos por ellos, muchos visitantes desesperan y algunos desahuciados se lanzan cabeza abajo del cerro Chueco donde viven los Tlachic. Lo malo es que, de todas maneras, al oír los gritos los viejos se ven obligados a hacer aparecer una red salvadora, o al menos un grueso colchón amortiguante, porque no tienen mal corazón; y se niegan a seguir haciendo lo de antes, porque ¡vaya, les va mejor en esta otra chamba!.