
Cual pescador me acobarda el hacerme a la mar
Ciertas noches borrascosas de atroz marejada
Mas visualizo una pródiga pesca, y no obstante
La incertidumbre, la fatalidad y las sombras
Suelan citarse en los mismos aciagos parajes
Del disfrazado bazar donde medran los otros,
Tan dados a poner los escenarios de revés,
Salgo a la calle bastón blanco en trémula mano.
Me hermano con toda sombra que a tientas deambule
Hollando sólo Dios sabe qué sendas nocturnas,
Danza de ciegos que andamos a oscuras y a solas
Por nuestra propia alta noche sin tregua ninguna;
Me hermano con quien está condenado sin culpa
a ocupar la oscuridad de una ergástula abyecta,
Léase ceguera mazmorra que va a mí prendida,
Burbuja en que ningún rayo de sol penetra,
Para entibiarme algún frío del alma aterida.
De tarde en tarde, a hurtadillas me pienso hermanado
Con los murciélagos que sin querer nos asustan,
Con los topos que aún no se merecen la luz,
Con las medusas por cuya epidermis transita
la hostilidad inmediata y abrupta de a lado,
O con los seres pelágicos que apisonan
Sus sueños en las arenas de un lecho abisal;
Mi atenta escucha compite con el fino oído
Canino y alerta que acusa el mínimo roce
De pasos que intentan pasar de largo furtivos
Para que alguna memoria figure al pasante,
Y que mi rabo se mueva o mis miedos le ladren;
Por eso puede advertir la eclosión de una flor
Y el tintinear de la plata lunar ciertas noches.
Mis manos son como aquellas que auscultan curiosas
El anverso y el reverso de un flaco universo,
Ávidas de con-saber lo que saben los ojos
Aunque sea de esta sesgada manera de hacerlo,
Que no consigue evitar los eriales de abrojos;
Ni los despojos que deja el trajín de la carne.
(Manos que encienden la luz de la música a oscuras,
Manos que a oscuras escriben sin tinta ninguna,
Orográficas palabras de táctil lectura),
Manos que son venturosas y audaces obreras
Que saben grabar su impronta en la piel de una amante,
Desenfrenando sus ritmos cardiacos del todo,
Tras el denuedo sensual de caricias certeras.
Al final del recuento mis pupilas se hermanan
Con las de todos los ojos velados del cosmos,
Pero no con las de aquellos que no quieren ver,
Por temor a la verdad, aunque sepan el “cómo”,
Pues me parece ominosa esa fatua ceguera;
(Ignorante del horror que le cabe a una imagen
Y de ese frágil cristal del espíritu ajeno).