Los Tlachic en la Jungla – Parte 2

Navegaron por el río Xié aguas arriba hasta un brazo en su margen derecha al que los regatones llamaron Uheuaupuiy, aunque Maira corrigió nombrándolo Igarapé Teuapuri, por el que subieron hasta dar con un caño más estrecho por el que penetraron.

—Sólo tú sabes encontrar este maldito caño en época de lluvias —comentó uno de los amigos de Maira, que miraba atenta las márgenes. En un momento dado dijo:

—Aquí está bien.

Uno de los regatones clavó en el lecho del caño la percha con que dirigía la embarcación para retenerla, la ató al tronco de un árbol y los viajantes desembarcaron seguidos de los ocho porteadores con las esculturas.

El calor y la humedad parecieron acentuarse ya sin el vientecillo provocado por el movimiento de la embarcación y las nubes de mosquitos no se hicieron esperar. Maira volvió a disculparse por las incomodidades.

—No te apures hija, es igual que la selva del río Grijalva en México —aseguró Don Tomás.

Ascendieron por una vereda apenas visible entre la espesa vegetación hasta alcanzar un terreno de tierra baja medio anegada donde, entre matorrales, encontraron un camino estrecho y hundido, pero claramente definido, por el que continuaron su marcha durante poco más de una hora. Llegando a un cierto paraje, Maira se detuvo para decir:

—Aguarden aquí, en lo que anuncio a mi padre nuestra llegada.

Los porteadores dejaron sus pesadas cargas sobre la hierba, disponiéndose a comer algo de lo que traían en unas bolsas atadas a la cintura, no sin antes escudriñar la espesura, pues sabían que la próxima comunidad baniwa podría sentirse invadida. De cualquier forma, más de un vigía habría avisado ya de su llegada, y no habían dado señales de hostilidad, seguramente por la presencia de la muchacha; así que, Don Tomás y doña Rufina tomaron también una colación. La morena volvió media hora más tarde, y reanudaron la marcha. A los pocos minutos arribaron a un gran claro en que se levantaban diez o doce chozas. Los pobladores salieron de sus casas para ver a los recién llegados; hombres y mujeres vestían simples taparrabos de fibras vegetales, algunos con adornos romboidales, sustituidos por bermudas por algunos jóvenes; llevaban el torso desnudo y algunas mujeres portaban una suerte de sostén. Varios lucían brazaletes y ajorcas de distintos tipos. Eran morenos, de nariz un tanto chata y labios gruesos. Maira los condujo  en medio de las miradas curiosas de los pobladores hasta una choza más apartada que hacía las veces de escuela cuando llegaban los maestros itinerantes a la comunidad; y una vez que instaló a los Tlachic en ella, indicó a los porteadores que dejasen las estatuas allí fuera y que podían hacer su campamento en las orillas del claro. Acto seguido, llevó a Don Tomás y a doña Rufina a presencia de su padre, que no se diferenciaba de los demás habitantes, salvo por algunos tatuajes y portar un colorido penacho de plumas. Maira habló con él en su lengua, señalando a los mexicanos; él asintió varias veces, y de pronto, Maira se volvió para informar:

—Mi padre me pide que les diga que él es un simple chamán baniva, que mi madre es dueña del canto y que mi hermana y yo somos rezanderas; que vamos a intentarlo todo, pero que el poder devolver a la normalidad a sus hijos es asunto de los dioses  — La pareja mexicana asintió, el chamán habló de  nuevo con ella, y un momento después, Maira tradujo:

—Mi padre dice que habrá que hacer algunos preparativos, y que el ritual estará listo mañana por la noche, que mientras tanto, serán nuestros invitados, incluyendo a los porteadores —El padre de Maira se incorporó llamando a su esposa y a su otra hija; del fondo de la choza se acercó un par de hermosas morenas, la madre con un porte de reina, y una joven quizá un año menor que Maira, y juntos salieron de la choza rumbo a las estatuas de Jandre y Pepelú. Allí los niños se les colgaban riendo, diciendo en su lengua:

—Mira, los muñecos dicen quién sabe qué cosas —Y otro, con aire de conocedor replicaba:

—Los venden en la zona franca de Manaus. A mi hermana le van a traer uno, pero más chico, porque son muy caros.

Todo ello, mientras los hermanos petrificados insultaban a más no poder a los chiquillos:

—¿De qué se ríen, cabrones? ¿De qué digo? ¡Ay! ¿Cuando me pegan, sopencos? ¡Van a ver lo que es bueno, ahora que podamos movernos! —decía Jandre. Su hermano no era tan delicado:

—¡A chingar a su madre, escuincles enfadosos. ¡Júúrria! —imprimiéndole a su voz el tono más espantoso de que era capaz. Sin embargo, los niños sólo reían burlones y continuaban provocando a los hermanos. Estaban en ello, cuando llegó el grupo y los chiquillos se dispersaron, observando de lejos lo que ocurría.

El Padre de Maira saludó a los hermanos, habló un poco con ellos, pidió licencia para tocar la piedra de que estaban hechos, y se quedó cavilando en silencio durante unos minutos, al cabo de los cuales, dijo que las estatuas debían pasar allí la noche, se despidió de los hermanos y pidió a sus hijas que les trajesen algo de comer a los visitantes, y todo mundo volvió a las chozas.

Cuando los hermanos quedaron solos, Jandre comentó:

—Te fijaste en esas dos chuladas morenas de chocolate. Yo quiero comerme a una de ellas y te dejo a la otra.

—Felizmente, pudimos verlas a nuestro antojo, sin que lo notaran. Tienen la nariz un poco chata y los labios un tanto gruesos, pero el conjunto es armonioso.

—Olvídate de las facciones, con esos cuerpazos podrían ser Miss Universo — y continuaron ponderando la belleza de ambas jóvenes durante largo rato, hasta que los chiquillos volvieron a la carga, y recomenzaron las risas, los golpes, y las palabrotas que los infantes debían decirles en su idioma. Afortunadamente, al caer la noche se retiraron, y Doña Rufina salió a ver que podía hacer para que sus hijos estuvieran bien y no pasaran frío.

—No me parece que vaya a bajar la temperatura en este horno, madre. Más bien pienso que vamos a necesitar un impermeable —dijo Pepelú, sintiendo que comenzaba a llover. La apurada madre les trajo una suerte de sombrilla de palma, que ellos mismos podían sostener con el brazo que ambos tenían estirado, y no muy satisfecha se retiró a la hamaca que le habían designado.

En la madrugada se escucharon distintos batires de trocanos, una especie de tambores, cercanos y lejanos. Don Tomás y doña Rufina se levantaron junto con toda la gente y acompañaron a las mujeres a preparar sus tierras de labranza; como en muchos sitios alrededor del mundo, habían talado y quemado un terreno, y estaban preparando los conucos de cada fratria, mientras los hombres cazaban o pescaban, según relató Maira.

—¿Qué es lo que van a sembrar allí? —preguntó don Tomás.

—Unas vamos a sembrar yuca, apio, ocumo, maíz, y esas otras de allá, caña de azúcar, ají y piña —respondió Ide. Al mediodía volvieron a las casas, y los mexicanos pasaron la tarde observando cómo fabricaban hombres y mujeres cestas de fibra de palma, con  tamaños y diseños muy variados, redes, ralladores de yuca de madera y puntas de cuarzo, y viendo que los iban amontonando a un lado, preguntaron:

—¿Los hacen para vender?

—Sí, los distribuyen  por toda la región, ya sea intercambiándolos con otras comunidades, aunque no sean banivas como nosotros, o comerciando con criollos.

Como la noche anterior, les ofrecieron galletas de yuca que llamaban casabe, y mañoco, la bebida de harina de yuca, que tanto le había gustado a Doña Rufina la víspera, ambas acompañando trozos de carne asada guarnecida con los vegetales frescos que cultivaban, pero los Tlachic rehusaron, pues querían ayunar como preparación para el ritual. Al preguntar por la ausencia de los padres de Maira, esta les informó que también se estaban preparando,  y se retiraron a la choza escuela.

En cuanto cayó la noche hicieron que los porteadores llevaran el par de estatuas hasta una choza mayor que las otras, al extremo de una pequeña explanada alejada de las casas, y se retiraron. Los cuatro anfitriones de los Tlachic portaban máscaras que debían simbolizar determinados espíritus y animales. Ide y Maira además lucían faldas de fibra vegetal, en vez de bermudas, y aquel tipo de sostén que usaban algunas mujeres de la comunidad; lucían diseños pintados en los cuerpos, tocados de plumas en las cabezas, varios brazaletes y ajorcas en los tobillos; mientras que sus padres, ataviados similarmente, ostentaban diseños distintos pintados en la cara y el cuerpo, además de tocados más elaborados.

Ide se acercó a cada una de las esculturas susurrándoles al oído, que bajo ningún motivo debían hablar, so pena de que el ritual no surtiera el efecto deseado, y se apartó para encender un pebetero y sahumó todo el entorno. A una señal del chamán baniva, comenzó a sonar una música de flautas y raras trompetas, que varios músicos ejecutaban desde la penumbra del fondo, como en cualquier ceremonia sagrada, en tanto que su mujer ofrecía constantemente a los presentes diversos frutos que colmaban una batea de madera, y sus hijas repartían entre todos calabazos con caxiri, una bebida morada de yuca fermentada, que no tardó en transformar la realidad circundante en otra cosa. De súbito, la madre comenzó a cantar con una voz que parecía alcanzar los rincones más recónditos del alma.

—Hay muchos dioses, pero ella está invocando a  Nhiãperikuli, nuestro dios principal, él es el responsable de la forma y esencia de las cosas en el mundo, —y cuando su madre entonó un canto distinto, comentó— ahora está invocando a su hijo Kuwai, porque él fue quien dio vida a todos los animales y luego hizo que el caótico mundo en miniatura que Nhiãperikuli había formado tomara  su verdadero tamaño. Ellos son quienes de veras nos pueden ayudar para que sus hijos recuperen su normalidad —explicó Maira en voz baja. En aquel momento, la familia entera inició una danza en torno a las estatuas, y las jóvenes y su padre iban respondiendo al canto de la mujer como en una letanía. Después, las mujeres se apartaron y el chamán golpeó con una rama las cabezas de los hermanos, pronunciando un extraño discurso en su lengua, en el que alcanzaban a distinguirse los nombres de Nhiãperikuli y de su hijo Kuwai, repitiéndose una y otra vez.

Seguramente era media noche cuando la música, la danza y el canto cesaron, los músicos se retiraron discretamente y el chamán se sentó junto a los Tlachic, invitando a su mujer y sus hijas a hacer lo propio.

—Mi padre dice que ahora es un asunto de los dioses —comentó Maira, y les contó que su novio le había pedido todo el día que le rogara a su padre que lo desencantase, pero que no había hecho nada, porque estaba muy ardiente, además de celoso. Súbitamente escucharon a sus espaldas:

—¡Órale, Jandre, ya viste!? ¡Ya puedo moverme y mi ropa es otra vez mi ropa! —gritó jubiloso Pepelú, y el interpelado gritó a su vez, dando un salto de alegría:

—¡No manches! ¡Esto es vida!

Don Tomás y Doña Rufina se incorporaron como resortes y fueron a abrazar a sus hijos, en medio de expresiones de gozo.

Jandre vio la batea de fruta ya casi vacía, y olvidando los modales tomó una fruta roja y la devoró con fruición, chorreando jugo por las comisuras de los labios. Doña Rufina iba a reprenderlo, pero tenía un nudo de emoción en la garganta, y sólo atinó a alargarle otra fruta a Pepelú, que prácticamente hizo lo mismo que su hermano.

El chamán habló entonces con sus hijas, quienes tradujeron:

—Mi padre dice que ahora habrá que dar las gracias junto con los muchachos. Formaron un círculo tomándose de las manos, acto seguido la mujer volvió a cantar de aquel modo capaz de conmover a cualquiera, y cuando terminó, los Tlachic agradecieron en náhuatl a los dioses banivas y al chamán y su familia, y finalmente, los baniva hicieron otro tanto. Al concluir, todo mundo se retiró a descansar a sus respectivas chozas. Sin embargo, los dos hermanos informaron que, ahora que podían disfrutar del movimiento, no creían poder conciliar sueño alguno, y prefirieron salir a caminar por los alrededores, al fin y al cabo, aquella selva era muy parecida a la del sureste mexicano, que conocían muy bien.

El problema fue que la larga abstinencia hizo que los instintos tanto tiempo contenidos se desbordaran, y el par de jóvenes se dirigieran a la choza en que habían visto entrar a Ide y Maira. Las jóvenes yacían dormidas en sus respectivas hamacas cuando los urgidos hermanos las despertaron. Ambas se sobresaltaron muchísimo, armando un terrible alboroto, en medio del cual se alcanzaba a oír la vocecilla de la estatuilla del prometido de Maira, que los insultaba desaforado en su lengua. Al escuchar aquel escándalo, el chamán se presentó en la entrada de la choza dando voces coléricas, al advertir la situación. Sintiéndose descubiertos, los hermanos huyeron pantalones en mano, por un boquete que abrieron en la pared, ya que el chamán bloqueaba la entrada. Pero en ese instante, el chamán dio un aullido espantoso, pronunciando luego un terrible conjuro, y Pepelú y Jandre volvieron a su estado pétreo, esta vez, en calzones, arrastrando sus pantalones y con una cara de susto

Toda la comunidad apareció al momento empuñando sus armas, y al enterarse de lo sucedido , adoptaron actitudes hostiles;  tanto, que Don Tomás y Doña Rufina, recurrieron a su conjuro inmovilizador temporal para poder salir de aquel atolladero. No podían echar mano de la huida levitatoria emprendida en Buenos Aires, pues no sabrían hacia donde dirigirse en aquella intrincada selva brasileña. Mediante señas urgieron a los porteadores a cargar con las estatuas y volvieron de prisa al caño en que los aguardaba la embarcación. Afortunadamente, para ellos, arribaron a Sao Gabriel da Cachoeira justo cuando el ferri estaba por salir; y, aunque fue más difícil embalar las estatuas, debido a sus nuevas posiciones, los Tlachic dieron un suspiro de alivio cuando el ferri zarpó. No obstante, vigilaron atentamente las aguas, hasta que dejaron atrás el Xié.

El resto del viaje transcurrió sin tropiezos, sin embargo, los Tlachic ya no quisieron visitar ninguno de los hermosos edificios coloniales que tanto les habían ponderado los organizadores de la gira ni siquiera el famoso Encuentro de las Aguas del Río Solimóes y el río Negro, que habían querido ver, ni cosa alguna en Manaos, partiendo en el primer vuelo que los sacó de Brasil.

Durante algún tiempo temieron una represalia proveniente de la amazonia, pero el renovado ímpetu que adquirió el show de los Tlachic al adicionar en cada función la historia amazónica, les devolvió poco a poco la tranquilidad. Lo único que cambió en su vida cotidiana, fue que se hicieron de un amplia biblioteca de tratados brasileiros de hechicería, en la que doña Rufina y Don Tomás se sumergían tarde a tarde, con la esperanza de hallar el hechizo baniva del chamán, revertidor del estado de sus hijos.

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