El último punto de la vasta geografía brasileira que los Tlachic tocaron en su gira fue Manaos, el « París de los Trópicos ». La familia estaba un tanto renuente a realizar la gira, después de su escandalosa aventura en Argentina; sin embargo, se animaron a llevarla a cabo. La profusión de sandeces, mutuas diatribas e improperios que se lanzaban entre sí los hermanos petrificados en un risible portuñol, hicieron las delicias del público. Su frase “que todos os “ojetes” chinguein a seu mae” se hizo popularísima. La última función en el Teatro del Espacio Cultural Chamine fue todo un éxito, no sólo por la presentación en sí misma, sino porque tuvieron una insólita visita.
Don Tomás y Doña Rufina Tlachic se hallaban en el camerino recogiendo sus últimas pertenencias antes de supervisar el traslado de las estatuas de Pepelú y Jandre, cuando llamó a la puerta una bellísima joven de tez achocolatada, enfundada en unas bermudas naranja que hacían juego con un sostén del mismo color. Su suelta y abundante cabellera negra disimulaba púdicamente el contorno de sus pechos.
—Mi nombre es Maira. Mis padres son chamanes como ustedes. Al contemplar a sus dos hijos convertidos en piedra, y saber que no había sido posible hacer nada para devolverlos a su estado original, me dije que quizá podría realizar una buena acción: tal vez mis padres puedan conseguir revertir el hechizo.
Los padres de los hermanos vueltos piedra se miraron dubitativos, pero con una pizca de esperanza en el fondo de sus corazones.
—¿Qué habría que hacer? —preguntó doña Rufina con cierta ansiedad.
—Sería cuestión de llevar a sus hijos a donde viven mis padres, pues ellos nunca han salido de nuestra comunidad ni creo que lo hagan en el resto de sus vidas —. Percibiendo el recelo de los brujos mexicanos añadió, sacando una pequeña estatuilla de una bolsa de fibra que llevaba colgada al hombro:
—Entiendo, ustedes no me conocen ni conocen a mi padre, pero básteles saber que esta estatuilla es mi primo, con el que estoy prometida. Como él es muy ardiente y ha intentado seducirme por varios medios, mi padre lo redujo y lo convirtió en piedra. Esto muy a su pesar, porque como chamán, él debe mantener controlada la maldad y librar a la comunidad de los encantamientos que algunas gentes realizan para acarrear la muerte y el sufrimiento. Cuando mi primo promete no excitarse, cosa que no ocurre con mucha frecuencia, mi padre lo vuelve a su tamaño original convirtiéndolo en persona otra vez, para nuestro mutuo regocijo. ¿Verdad, Tre? —en ese momento se escuchó una vocecilla como de juguete:
—Así es, preciosa. Y ahora que lo pienso, porqué no le pedimos a estos señores que me devuelvan a mi estado normal, tal vez ellos puedan lograrlo.
—No creo que sea posible; porque el padre de su prometida debe ser muy poderoso, ya que puede devolverle el movimiento y el tamaño normales, y nosotros no hemos podido devolverles la movilidad a nuestros hijos, a más de que no sabemos cómo achicar o agrandar a alguien. Sin embargo, podríamos intentarlo con usted —La estatuilla dejó escapar un suspiro desesperanzado.
—Antes de que tomen cualquier decisión, debo advertirles que no es fácil llegar a la comunidad en que vive mi padre; habremos de tomar el ferry que sale de Porto São Raimundo, y una vez allí, tendremos que desplazarnos a través de la selva. Deben conocer los riesgos de muerte que se corren en ella: indios sanguinarios, anacondas, pirañas, caimanes, bandidos, entre otras calamidades, que acechan a quien se atreve a recorrer sus caños y veredas —advirtió la joven en tono misterioso.
Don Tomás y Doña Rufina solicitaron unos minutos a solas para deliberar entre ellos, y la morena salió del camerino. En cuanto lo hizo, los Tlachic cayeron en trance y abandonaron sus cuerpos para comprobar astralmente que no se tratase de una añagaza. Cuando volvieron después de unos minutos, se hallaban convencidos de las buenas intenciones de la joven, y cuando entró de nuevo, le hicieron saber que irían con ella. Entonces, la muchacha les comunicó el itinerario a seguir, les dictó una lista de lo que debían llevar, como gente no acostumbrada a los parajes selváticos.
Quedaron de verse al día siguiente en el puerto de Sao Raimundo antes del mediodía, hora en que saldría el ferry, rumbo al puerto de Sao Gabriel da Cachoeira, que era el punto más cercano a la comunidad donde vivía su padre, y la muchacha se retiró.
Muy temprano en la mañana, los Tlachic se dirigieron al hermoso edificio colonial del Mercado Municipal, e hicieron acopio de todas las provisiones indicadas por la chica, algunas de lujo como chocolates, galletas, y toallas húmedas, mochilas para llevar en la espalda, bolsas de dormir, bolsas para sus objetos personales, ropa adecuada, más un par de hamacas; y a media mañana se hallaban en el puerto.
Al ingresar en la Terminal Fluvial de Sao Raimundo se llevaron un chasco, al enterarse de que el cupo del ferri estaba completo. Los Tlachic iban a comenzar las gestiones sobre naturales que acostumbraban cuando hallaban problemas en taquillas y aduanas, cuando se presentó la muchacha, haciéndoles saber que había hecho las reservaciones respectivas. Pasaron el control de ingreso, caminaron bajo la lluvia hasta el muelle, seguidos por el personal del teatro, que mediante una generosa propina, había accedido amablemente, a conducir hasta allí las esculturas, hasta acomodarlas en el compartimento de carga, un simple espacio en popa donde amontonaban las bolsas del correo, con el manifiesto disgusto de Jandre y Pepelú, quien dijo molesto:
—Óiga ‘apá, no la chifle que es cantada. Aquí apesta, y nos vamos a morir de aburrimiento.
—Si quieren, no intentamos nada, y nos regresamos a México en cuanto sea posible.
—Bueno, ‘apá, no se enoje. Nomás decía…—Nomás decía…. Muchacho cabrón. Para qué te metiste con tu hermano en esto —Ambos hermanos quisieron decir algo, pero mejor guardaron silencio. Finalmente, Don Tomás y Doña Rufina abordaron el ferri, cargando personalmente todos sus pertrechos. Se trataba del sitio exclusivo para los pasajeros de clase económica, que fue lo que la chica pudo conseguir. Era un espacio sobre cubierta de 100 metros de largo por 20 de ancho, con un techo sostenido por estructuras metálicas, abierto a los costados, apenas resguardados por sendos barandales que tenían adosados tablones de treinta centímetros de ancho, a manera de íngrimos bancos. Recorrieron uno de los dos estrechos pasillos que corrían a lo largo de los barandales hasta encontrar “su lugar”. El ferry estaba prácticamente lleno y todos los pasajeros ya estaban acomodados: cada cual había colgado su hamaca de las argollas pendientes del techo, con sus pertenencias desparramadas debajo de su hamaca o incluso sobre ella.
El día estaba totalmente gris, como casi todos los días en época de lluvias en la Amazonia, según Maira, contrastando con la diversidad de colores de las hamacas de los pasajeros.
Contra toda expectativa, el ferri zarpó a las doce en punto, como estaba anunciado, remontando la corriente del río Negro. Los Tlachic se dedicaron a observar divertidos a los pasajeros, recorriendo los pasillos parsimoniosamente. Visitaron varias veces a Pepelú y Jandre en el compartimento de carga, y a pesar de que les habían pedido encarecidamente que no hablasen, para no inquietar a los supersticiosos, ya habían logrado espantar a la tripulación del ferri, que no quería acercarse más al compartimento de carga debido a las voces “sobrenaturales” de los hermanos que se quejaban, principalmente, del calor y la humedad imperantes. A media tarde arreció la lluvia y la tripulación del ferri desenrolló unas cortinas azules de plástico, para evitar que la lluvia penetrase, cosa que no lograban del todo, por el fragor de la tormenta y las súbitas ráfagas de viento que levantaban las cortinas
La monotonía del día anterior no se apartó de la embarcación durante toda la mañana, ni siquiera cuando dejaron el Río Negro, virando a la derecha, para ingresar al río Xié, y así siguió hasta que finalmente arribaron a Puerto Sao Gabriel da Cachoeira, y antes de desembarcar, Don Tomás corrió al compartimento de carga, para rogar encarecidamente a sus hijos, que no pronunciasen palabra alguna, so pena de que nadie quisiese ponerles las manos encima, y los dejasen abandonados en mitad de ninguna parte, cosa a la que los hermanos accedieron de mala gana, como siempre que se les pedía silencio.
En cuanto pisaron tierra, Maira se dio a la tarea de rentar una pequeña embarcación a un par de regatones conocidos suyos, de los que se internaban en los caños afluentes del río Xié, para vender diferentes mercancías, quienes le recomendaron a seis porteadores, tan sólo para cargar las estatuas junto con ellos dos, y sin mayores preámbulos los Tlachic se lanzaron a la aventura guiados por la morena.