Cuando la muerte me arrastre tras el vano de su puerta
arderá de golpe el lastre de mis letras de antemano muertas:
suerte anunciada al calce de mis versos y mis sueños,
hoz que sin sombra aguarda paciente y ominosa
en el barril sin fondo del jamás y del olvido.
Por corromper el mosto insustancial de las vidas
y fermentar cierto vino que a solas se bebe,
por embriagarse el espanto de onírica poesía
y echar a la papelera montañas de estrofas,
exasperantes arritmias y ripios rampantes
de pretensiosos poetas de cuño dudoso.
Tras el vano de su puerta he atisbado otro cosmos
y no hay palabras que nombren sus bastas negruras:
oscuros soles que orbitan en torno a la nada,
densa es su ausencia de luz en mitad del silencio.
Inconcebibles amebas que ondulan sinuosas
suspirando por motivos otrora vivientes
o simplemente burbujas de cata siniestra
en este imperio, hez de sensaciones y tactos.