La Mujer en Blanco y Negro

La mujer en blanco y negro

Hace diez años murió una mujer que, de haber sido justa la vida, tendría toda una sección en las librerías dedicada a ella. Un concurso o un elemento químico llevarían su nombre. Una estrella  ya sea Michelin o de las que se buscan con telescopio, un cuartel general, un aeropuerto. Pues no.

No conocemos con exactitud su fecha de nacimiento, pero sabemos que nació pobre, en lo que era entonces un pueblito de los Altos de Jalisco, en donde el orgullo esquina con soberbia se transmite por doble ascendencia: del lado indio, los feroces tecuexes y por el otro, conquistadores tan seguros de su victoria que aún antes de que se secara la sangre regada en la última batalla del siglo XVI ya habían hecho venir a sus mujeres y párrocos ibéricos.

Apenas se asentaba la polvareda de la Revolución, llegó la mayor de una familia de cinco. Tuvo hambre y mucha, tanta que se metía a robar pocillos del maíz que su abuela paterna acumulaba. Vio hileras de ahorcados durante la guerra cristera -¡ah! los cristianos siempre siguiendo el ejemplo de su profeta-.

Hermosa de esa hermosura que trae lágrimas a los ojos, inquisitiva y con una inteligencia afilada como bisturí, se quiso comer el mundo a mordidas y ¿por qué no? Lo tenía todo para ganar. Pues resulta que no.

A puñetazos le quitaron la confianza en los hombres. A insultos la hicieron creer que sólo valía para ser sirvienta. El mundo alimentó su hambre de saber y de sentir con cucharones de estiércol. Valiente de esas que enfrentan a pie firme a un sabueso desencadenado o a un coloso drogado que terminan echados a sus pies. Valiente contra todo, salvo contra las penitencias que ella misma se impuso sin razón.

Un Pigmalión de altos vuelos vio en ella a su obra. La joven que casi no tuvo escuela aprendió el clavado, la natación y el buceo de las letras:  las del periódico y las de las fórmulas. Sólo abandonó su refugio de papel cuando sus retinas se rindieron.

Para proteger a sus hijos, cubrió su mundo con cuero espeso y les enseñó a no confiar en nada ni en nadie, salvo en el Saber: ícono que tenía rango de deidad en su casa y al que se le ofrecían sacrificios cotidianos.

Sus ojos envejecidos -que nunca vi llorar- se fijaron un día en el cielo y nunca más volvieron a esta tierra atroz.  Cuanto santo, ancestro  y virgen intermediaria le pasaran por enfrente se detuvieron a conversar  con ella.

Hace diez años murió mi madre.

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