La Atípica Función de los Tlachic

Los inconvenientes fronterizos no significaban problema alguno para Don Tomás y Doña Rufina Tlachic cuando viajaban con sus dos hijos hechos piedra ‒los famosos Pepelú y Jandre‒ ya que los precavidos padres preparaban previamente un conjuro para que los agentes aduanales se hiciesen de la vista gorda. Los problemas comenzaban al tratar de hallar un maletero con un carrito suficientemente fuerte para sacar las estatuas de los hermanos del aeropuerto.

Como resultaba imposible conseguir taxis lo suficientemente espaciosos para que cupiesen los cuatro, rentaban la plataforma de un tráiler para conducir a sus hijos, y ellos dos los escoltaban en un taxi cualquiera. Mientras eso ocurría, automóvil en movimiento inundaba las calles con el sonido de un anuncio, al arcaico estilo de algunas urbes:

“¡Las únicas estatuas que hablan! ¡Usted podrá tocarlas y hablar con ellas! ¡Hoy única función, a las veinte horas, en el Gran Rex de Buenos Aires!”

La cosa no comenzó bien aquella tarde. Por un error de cálculo, la cabeza de la estatua de Pepelú golpeó contra el acceso a unas rampas.

—Pendejos, creen que no duele, fíjense cabrones, no llevan un mueble— dijo el maltratado.

Al escucharlo, el conductor del montacargas lo soltó asustado, y Pepelú cayó por la rampa hasta estrellarse contra el muro del rellano. Más atrás, la estatua de Jandre se desternillaba de risa. Sus encargados estuvieron también a punto de soltar el otro montacargas, pero uno de ellos gritó:

—¡No soltés, pelotudo! Acordáte de que estos muñecos hablan.

Don Tomás y Doña Rufina estaban algo inquietos, porque les habían dicho que el público bonaerense era muy difícil, sin embargo, el teatro se abarrotó debido a la fama internacional que precedía a los Tlachic, y a que los cargadores de la tarde se habían dado a la tarea de difundir en una entrevista en la radio su anormal experiencia con las estatuas.

La sala se iluminó, un maestro de ceremonias relató la increíble historia de Pepelú y Jandre, subrayando la fatal irreversibilidad de sus estados, concluyendo con el clásico:

—¡Con ustedes… Pepelú y Jandre, las únicas estatuas que hablan! —

Se descorrió el telón y aparecieron los hermanos petrificados uno frente al otro, en la posición en que habían quedado el fatídico día de su conversión, con los brazos extendidos en la misma posición, formando el mismo extraño signo con las manos, con el mismo gesto duro en el rostro y los labios entreabiertos, como acabando de pronunciar algo. Después de un eterno minuto, Jandre rompió el pesado silencio, y su voz se escuchó claramente en todo el recinto:

—¿En dónde estamos?

—Tú, como siempre, estás en la pendeja. Papá nos dijo que volaríamos a Buenos Aires— respondió Pepelú.

—Ay, qué mal me caen los argentinos. Siempre pretendiendo que son los mejores en todo—. Se escuchó una rechifla, y él continuó como si nada— ya ves que los británicos les dieron hasta por debajo de la lengua.

—¡Cállate, estúpido! ¿No ves que ya empezó la función?

—¿Y qué nos van a hacer? ¿Hacernos gravilla a martillazos?

—Por lo pronto, boicotear la siguiente función y mandarnos a Jalisco con el próximo churrasquero que salga.

—Callá, pelotudo. Mi hermano es zaguero del Atlante en tu país y es el mejor —gritó indignado un compadrito.

—Que lástima que no televisan sus partidos acá, porque entonces verían que veinte de los veinticinco goles que le anotaron al Atlante la temporada pasada, se orquestaron en su parcela “defensiva” replicó Jandre, apoyando a su hermano.

En la sala los ánimos se fueron caldeando, y un reportero de espectáculos del “Clarín” gritó desde su asiento:

—¡Esto es una pavada, nos quieren tomar el pelo! ¡Que nos devuelvan las entradas!—Y Jandre respondió:

—Tráiganme a ese para que pruebe aquí en el escenario su afirmación.—

Ni tardo ni perezoso, el reportero subió al escenario. Lo primero que hizo fue mirar a la tramoya, para comprobar que no había micrófonos ambientales por encima, luego buscó en vano un cableado inexistente en torno a las estatuas, y dijo por lo bajo:

—Debe ser un artilugio de esos de Bluetooth.—

—¿Y las bocinas dónde están, campeón? —el reportero se sobresaltó al oír la voz de Pepelú a escasos centímetros de su rostro, brotando de la estatua; sin embargo, escrutó detenidamente la piedra buscando una bocina. Entonces, exigió en nombre de los asistentes poder auscultar las esculturas en busca del truco, permiso que se le concedió. Palpó cada milímetro de sus superficies, sin hallar otra cosa que piedra.

—Te brincaste la entrepierna, para que te acabes de convencer, mi querido aymará con pretensiones europeas. Aunque no lo creas, siento rico que me agarren la pija, aunque sea por incrédulos —Una amplia  sección del público soltó la carcajada, pese a que la diatriba de Jandre les hubiese pasado rozando.

El reportero se ruborizó al instante y reculó dirigiéndose a su asiento, con la mirada baja. Entonces, alguien más alzó la voz para decir:

—Debe tratarse de un ventrílocuo —y Pepelú respondió:

—Para que eso sucediera, el ventrílocuo debería estar cerca de ustedes, para que lo escucharan como me están escuchando a mí, y hasta donde yo sé, no hay tal entre ustedes ni en el escenario.

—¿Entonces, son ciegos? —preguntó una rubia de la primera fila, viendo que Don Tomás y doña Rufina ingresaban al escenario. Jandre contestó:

—No, mi estimada dama de ese hermoso acento. Aunque, no nos sirve de mucho ver, ya que, para enfocar un punto determinado, tendríamos que pedirle a cada momento a una cuadrilla de cargadores que nos colocasen en la posición adecuada para poder ver lo deseado, pues no podemos mover parte alguna del cuerpo. Sólo sentimos, vemos, oímos y hablamos de algún modo; y por supuesto, pensamos.

—¿Como las piedras no se enferman de maldita la cosa, de qué se van a morir?

—De tedio, teniendo que responder preguntas sosas por todo el mundo. —Hubo una pausa tensa, al cabo de la cual, comenzó realmente la función. Se escuchó en el sonido del teatro el son jalisciense de “La Culebra” y hubo gritos de entusiasmo entre el público, e incluso, quienes intentaron el clásico grito mexicano de falsete. Poco a poco, la intensidad del son fue bajando y la voz grabada de Doña Rufina relató una vez más la historia de la coincidencia del mutuo encantamiento de los hermanos. La música cesó, y Pepelú informó:

—Nuestra principal frustración de brujos pétreos es que, pese a que conocemos muchos hechizos, conjuros y encantamientos, no podemos realizarlos, debido a que hacen falta los pases mágicos correspondientes, o el manejo de un objeto de poder, como la varita mágica que todo mundo conoce —Y Jandre agregó: —así que sólo podremos mostrarles el poder de algunos conjuros estrictamente verbales, como el de conseguir que el otro cambie de color. Por ejemplo: “Tlapalli Zacatazcalli: Pepelú”—. Instantáneamente, la escultura de Pepelú se puso totalmente amarilla, y sin tardanza respondió:

—“Tlapalli Cacamoliuhqui: Jandre” —y la efigie del susodicho adquirió un intenso color morado, quien de inmediato reviró:

—“Tlapalli Xiuhuitl: Pepelú” —y el aludido cambió a un hermoso color azul, para responder:

—“Tlapalli Iztac: Jandre —y la morada estatua de Jandre cambió a un blanco purísimo, casi cegador.

—Sí, ya sé que me van a decir que debe ser un truco de iluminación, pero, de nueva cuenta, reto a los espectadores a probar que se trata de un truco —dijo Pepelú. Pero esta vez, nadie dijo esta boca es mía ni mucho menos.

—Don Tomás se adelantó y dijo: —Solicitamos a una persona del público que quiera cambiar un rato de color, para que venga acá a jugar —al instante una joven de la cuarta fila se apersonó en el tablado.

—¿Cuál es su nombre? —preguntó Jandre.

—Julieta Montelongo —informó la chica alta, delgada, con aire de autosuficiencia. No sin cierta reticencia, la chica se colocó nerviosamente donde se le pedía.

—¿De qué color le gustaría lucir? —preguntó Pepelú. La chica hizo un mohín de disgusto, se mordió los labios y declaró por lo bajo:

—Do-ra-do.

—Bueno, si así lo desea:

“ Tlapalli coztic teocuitlatl: Julieta —pronunciaron al unísono los hermanos, y al momento la chica pareció estar hecha de oro, arrancando una exclamación de asombro entre el público. Se miraba incrédula las manos y los brazos, notando que hasta sus vestiduras habíanse tornado doradas.

—¿De qué te ríes, zopenco? —lo increpó Pepelú.

—Es que si la dama supiera que en náhuatl el color oro significa “Excremento de los Dioses”, no se sentiría tan ufana.

—¡¿Qué qué?! Quítenme este color o los demando —rugió la rubia repentinamente disgustada. Por divertirse un poco con la soberbia mujer, los interpelados lanzaron un supuesto conjuro de reversibilidad, pero el color de la chica no sufrió cambio alguno. Cuando los ánimos del respetable comenzaban a caldearse, los hermanos pronunciaron el conjuro adecuado, y la mujer volvió a su estado original en medio de los aplausos y la gritería de la concurrencia.

En tanto, Don Tomás se acercó al proscenio y anunció:

—Vamos a concluir la función, con algo que le ha encantado a los asistentes a nuestras funciones: Busquen entre los objetos que portan, uno que puedan llevarse a casa convertido en piedra, como souvenir —De inmediato, todo mundo comenzó a hurgar en bolsos, bolsillos y portafolios. Se formó una fila, y uno a uno depositaban el objeto elegido en una mesita que se colocó entre las estatuas. Cada cual quedó muy satisfecho, llevándose un encendedor, un llavero sin llaves, un bolígrafo, un paquete de pastillas de menta, y hasta un tenis roto convertidos en piedra. Cuando el último de la fila pasó, Doña Rufina descubrió en el palco principal al propio señor Presidente de la República, y a él se dirigió:

—¡Señor Presidente, su presencia enaltece sobremanera nuestra función! Nos encantaría que participara, y nos honrara llevándose un souvenir, como los aquí presentes. —

Hubo algunos movimientos en el palco, y el Presidente extrajo algo del bolsillo interior de su chaqueta, se lo entregó a un subordinado, luego se lo quitó, y finalmente, él mismo se dirigió al escenario, seguido de un par de escoltas. Con un movimiento teatral, colocó un billete de dólar sobre la mesita, pero no bien se había retirado, cuando los hermanos pronunciaron el conjuro correspondiente, y ocurrió algo terrible: ¡el Señor Presidente se convirtió en piedra!

Hubo una exclamación de espanto entre la concurrencia, y los cuatro Tlachic ensayaron durante largos minutos hechizos y conjuros de reversibilidad, que no obraban efecto alguno sobre el estado pétreo del Presidente. Amagados por los miembros del Estado Mayor, los Tlachic deliberaron sobre lo que procedía, y a sabiendas de que lo habían intentado todo, tomaron una decisión drástica: lanzaron un hechizo inmovilizador temporal contra los militares y el resto del público, para poder maniobrar libremente y se retiraron de la sala de una manera espectacular: los cuatro levitaron y salieron del teatro por los aires, rumbo al aeropuerto, en medio de la mirada atónita de la gente.

Don Tomás y doña Rufina se hallaban exhaustos por el esfuerzo; sin embargo, recurrieron a todas las artes transformadoras de que eran capaces, de tal modo que, al avión subió una pareja de turistas gringos de mediana edad, con cara de sonsos que viajaban a Houston transportando en sendos ataúdes a un par de compatriotas que habían perecido en un trágico accidente.

Al llegar a su casita del cerro, se dieron a la tarea de analizar minuciosamente la situación. Se hallaban muy afligidos, pensando en las consecuencias que esta podría acarrear, hasta que se enteraron, gracias al compadre Gaudencio, que era el único que tenía tele por los alrededores, de que la estatua del Presidente, con su dólar de piedra en mano, se había colocado en una plaza un tanto escondida de Buenos Aires. Un par de días después, el Congreso de aquel país anunció que se convocaría a nuevas elecciones presidenciales a final de año. Finalmente les soltó lo más insólito, que esa misma mañana, se había difundido la noticia de que la Casa Rosada estaba solicitando a la Cancillería mexicana las réplicas de las esculturas de Jandre y Pepelú, ahora considerados “héroes de la patria” por numerosas agrupaciones no gubernamentales de aquella nación. ¡Qué cosas tan extrañas suceden hoy día en todas partes.

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